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Autoeducación ¿Quién soy? Y posconflicto

Enrique Omar Trujillo, 17 September, 2016

Por Enrique Omar Trujillo Peralta

En el segundo artículo* sobre el antes y después del posconflicto quedó pendiente el interrogante más importante para aprender a pensar por sí mismo: ¿Quién soy?, cabe recordar también que la paz interna la consigue cada persona cuando razona con el interés de ser mejor, vale decir: no violentarse internamente con el sentimiento de venganza, quedó también esta pregunta: ¿Cómo se pueden reeducar tantas personas que han sufrido el dolor de la guerra?

En las circunstancias que hoy vive Colombia son favorables para el deliro del retorno al poder de los corazones que aún no se reconcilian consigo, ni con los demás: sus enemigos siguen siendo enemigos y hasta son enemigos de sí mismos por permanecer en el rencor. Llámese traicioneros porque no siguieron su línea guerrerista desde el poder para lograr los acuerdos de paz o porque es probable que tengan que verse cara a cara en los estrados democráticos con quienes se masacraron o cayeron en la brutalidad de la barbarie. En estas situaciones se aprende a reconocer qué significa el sufrimiento como lo más íntimo de cada persona, especialmente cuando en unos el sufrimiento tiene mezclas de poder, o cuando la melancolía de los humildes se mezcla con el deseo de verdad. Pero hay que entender primero el sufrimiento como algo distinto del dolor. El sufrimiento lo padece el ser humano, el dolor los animales. Cuando se auto-lastima una persona con el rencor, el sufrimiento es una sensación aflictiva interior, así la causa haya sido exterior por alguna forma de violencia o barbarie en quien la padece o por un ser querido afectado. Es estar ofendido y mantenerse con esa sensación molesta, es el dolor en el corazón que se vuelve conciencia; la forma más profunda del sufrimiento es la melancolía donde dominan las afecciones morales más tristes traídas espontáneamente a la mente por el recuerdo o porque asaltan sin pensar, y el suicida seguramente puede llegar a no sentir gusto por nada, se des-adapta y muere, elinándose o suicidándose en la guerra, pierde el temor y no le importa el dolor físico, planea cómo matar o matarse, su “virtud” puede ser la barbarie considerada heroísmo. La mayoría de los seres humanos no aceptan vivir en este delirio.

Por el contrario, el dolor físico es momentáneo o se mantiene mientras esté la causa interna o externa, un dolor de cabeza pasajero o el cáncer letal se pueden aliviar, el desasosiego en el cáncer es más difícil de superar. Por todo esto hay quienes han llegado a pensar que en los animales hay más nobleza que en los seres humanos. Cuando alguien castiga brutalmente al perro de su casa este huye por el dolor hacia donde pueda esconderse, si sigue el castigo del amo por su instinto de defensa le puede mostrar sus colmillos, porque una vez echado y en reposo no trasciende el dolor a convertirse en rabia, en conciencia de venganza, no planifica matar a quien lo torturó, sea el amo o un extraño. La bestia tampoco cuando es domada a latigazos piensa en venganza. La conciencia del sufrir es solamente humana, y puede contagiar a otros como ocurrió con los suicidas de la torres gemelas: el odio convertido en ideología. Son innumerables estos ejemplos, y en el mundo moderno ni la religión, ni la educación, ni la psiquiatría, ni la cultura (siendo represiva para doblegar al niño a sus mandatos) han podido evitar que se den seres brutales.    

Por todo esto es que la educación debe conducirse a que las personas conozcan cómo sus instintos de sobrevivencia (reproducción, defensa, alimentación, otros) pueden transformase en las formas de conciencia violenta o brutal. Se empieza entonces por entender por qué hay quienes no reconocen la más mínima concesión de paz ofrecida por el enemigo: es más heroico el que perdona que aquel ser querido que murió. Al fin y al cabo el que sufre espiritualmente es el que está vivo y tiene valentía sobrehumana para encarar cara a cara al criminal por la verdad, porque quien murió, luchando seguramente por un país mejor en un ambiente cultural en descomposición por la corrupción en todos los ámbitos, ya no le duele nada, porque en su dormir eterno descansó. El dormir en una noche profunda y sin soñar, se asemeja mucho a morir. Pero estar vivo, es tener ansiedades, seguramente sufrir pesadillas dormido o despierto, o como mínimo, estar encadenado en una idea o un delirio dañino sin darse cuenta. Es estar expuesto a hacer parte mentalmente de tendencias que se autoafirman en tener el espíritu del pueblo o la mayoría y cada vez que se les cae una consigna mentirosa buscan otra astutamente para decir: “si gana el NO hay que cambiar el acuerdo de paz” y a toda costa persuadir a la masa “que no piensa" con términos que no develan su ideología guerrera y reprochable, pregonan tercamente que los guerrilleros no pueden ser perdonados y deben ir a la cárcel, no obstante cuando los más dolidos del magnicidio empezaron a resolver su estado individual de paz interna con la verdad, la cual vale más que ver criminales en la cárcel, ahora buscan la reconciliación en el lugar donde fue el secuestro de sus familiares, porque debe venir enseguida la reconciliación social. Para quien es obseso, ofuscado, no vale nada de esto, no vale la verdad interna ni la objetiva. Parte de la masa no se entera de esto, porque va consumida en la ideología solapada de la guerra o porque el conflicto y el debate no le importan. 

Para pensar entonces por sí mismo, sin miedo y superando el sufrimiento hay que individualizase de la masa, de la muchedumbre y auto-reflexionar en el trampa de la identidad. Cuando se le pregunta a los jóvenes y en general a las personas masificadas ¿Usted quién es? Suelen responder con sus roles: “soy estudiante” “ama de casa” “trabajador de un banco” y muy pocos se aproximan a su interioridad moral: “buen hijo”, “mal hijo”, menos aún a la definición que se generalizó desde la antigüedad para distinguirse de los animales: “un ser racional”. Cuando el alumno le preguntó al maestro, bueno y ¿Usted, quién es? Respondió: “Una madriguera de instintos malevos, pero fui adiestrado para controlarlos”. El grado de autorreflexión de las personas no es el mismo, la conciencia los hace diferenciarse o identificarse con cosas o relaciones externas (están alienados), muy poco con cualidades de su interioridad, inteligente, analítico, emocional, sensato, o el que se atreve a decir: vivo rencoroso, soy creativo, imaginativo. Aquel que no se reconoce  en su conciencia vive incómodo. Por ejemplo, tener un defecto corporal adquirido o genético y no aceptarse como es, sufrir diariamente, tratar de ocultarlo con una peluca, con nalgas postizas y vive penosa, pues no lucha internamente para aceptarse,  para percibirse como es, vivir tranquilo (a) y sin pena ante los demás. Entonces hay que reconocerse así mismo para reconocer a los demás sin amargura. Claro que el espíritu humano es dinámico, controvertible y por eso es escurridiza la identidad desde el “yo” más profundo. Hoy se es  con una cualidad, mañana no sé sabe qué sentido pueda tomar. Ayer te vi prepotente hoy con humildad. Esta dialéctica en su corazón y en el de los demás no la capta quien padece la venganza, “pasar la cuenta por lo que se le hizo”, la libertad de pensar, de cambiar de idea o de transformación emocional, así se vuelve pegadiza a la intransigencia por la paz, algo así como una enfermedad  como el estrés o la conducta que optan otras personas que pueden afectar a las que están sanas y hacerlas sentir con los mismos síntomas: ansiosas y en riesgo ven el pacto de paz como un hecho peligroso. De esta forma terminan haciendo parte de una ideología de masas que sí puede ser peligrosa.



* Artículo # 1. Educación, pensar y posconflicto en https://historico.caliescribe.com/politica/2016/09/03/10519-educacion-pensar-y-posconflicto.

Consultar también el artículo # 2. Violencia, barbarie y educación. En: https://historico.caliescribe.com/columnistas/2016/09/10/10551-violencia-barbarie-y-educacion

 

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