Por Alex Sterling

La señora negra que estaba mi lado se recogió en mi hombro. Me miró y pidió disculpas, no entendí su molesto acercamiento. Entonces miré hacia atrás y entendí: En la entrada al cine se asomaba un hombre con el rostro desfigurado por un incendio feroz. Bueno, tal vez haya sido acido corrosivo o simplemente agua hirviendo. Líquidos al punto de ebullición que inutilizan los tejidos, pasa a menudo: El padre deja el hogar confiando el niño al cuidado de la diligente esposa. Ella lo atenaza con su brazo, con su brazo sin pelos, y lo lleva dondequiera que vaya. Prepara el almuerzo. Ahora el teléfono suena. Su prima la llama. Le dice que en una cafetería su esposo se manosea con una desconocida. Ella no cree. Su prima se lo jura y le dice que coja un taxi y lo vea por ella misma. Que le paga la carrera si quiere. Ella estalla en llanto, suelta al niño. Se desploma en el sofá. El niño la observa consternado. Es demasiado joven, pero alcanza a comprender: A su madre se la han cagado encima, y debió ser su padre, ya había notado la fetidez azufrada de su deposición cuando entraba al baño después de él. Pero por el momento no le importa, tiene hambre. Llora, su madre lo ignora y se hunde para siempre entre los cojines curubas. Nunca le gustó ese color. Él se dirige a la cocina. Lo hace con tanta devoción que da sus primeros pasos. Tambaleante y ansioso busca con la mirada entre los estantes, allá arriba. Ve algo que puede contener comida, de quién sabe qué naturaleza. Entonces pierde el equilibrio y se agarra de un limpión que sobresale de la estufa. La madre, recubierta de moco y odio nota que el niño no está recuerda: Agua hirviendo. Y ahora, bueno, está este tipo aquí, vuelto un trapo, y junto a él, noto de repente a un sobrado de mujer con la mitad de la cara aplastada. Ella y él se miran, se conocen desde hace mucho, pienso y se lo digo a la señora negra, que también ha notado su proximidad y la comenta. Me dice que seguro eran pareja y que han venido juntos a cine, sin tomar la precaución de cubrir sus rostros con máscaras porque están de aniversario o porque alguno se está disculpando con el otro por algo. En suma, que debe ser algo importante, un evento. La señora negra me aprieta el hombro y me lleva hacia ella. En esa posición tan molesta me cuenta su teoría acerca de lo que le pasó a esa señora en la cara:
– Mire, esa mujer, hace algún tiempo, era normal y conoció a este monstruo en un bus. Vio su rostro espeluznante escurrirse por la ventana, mirando a la gente en la calle cegada por la risa, mirándose los unos a los otros a la cara, sonriendo y adivinándose los gestos. Sintió lástima por él y lo invitó a salir. El tartamudeó y aceptó escondiéndose tras el cuello de la camisa. Así se conocieron y se casaron y llegaron a amarse tanto que un día que él se quedó dormido, con toda su belleza resplandeciendo bajo el sol de las tres de la tarde, decidió tomar un martillo llena de solidaridad y golpearse el rostro hasta quedar inconsciente, para así poder verse en los ojos de él.
A mí me pareció una historia bastante enferma, pero también muy probable. La señora negra y yo miramos de nuevo, se estaban abrazando. Entonces nos miramos e hicimos un puchero de asco, luego sonreímos, tenía unos ojos que parecían hormigas saliendo de un agujero. Me dice que se tiene que ir, se aleja. Pienso en detenerla e invitarla a un café. Pero a mí no me gusta el café. La veo desaparecer entre el tumulto que se apresura a las salas. Miro el tiquete que tengo en la mano, la función empieza en 15 minutos. Lo tiro al suelo: debo abordar un bus ya mismo, un bus que me lleve a algún lado. Compro un café Express y abandono el lugar.