Caliescribe presenta estas narraciones de ficción como parte de su compromiso con la divulgación de la palabra escrita en todas las formas que ésta pueda tomar.
Por Alex Sterling

Santander González ha puesto sus tres piezas contra el murito donde está sentado, en una plazoleta. El tipo es artista plástico y biólogo. Su obra magistral está contenida en un televisor sin la tapa trasera. En medio de los circuitos, Santander ha instalado una cápsula transparente donde hay un cerebro de vaca flotando en algo que quiere hacer ver como líquido amniótico. La cápsula tiene orificios como los de un colador. Por ellos Santander introdujo cables e intenta enterrarlos en el cerebro. Sobre su obra afirmó en su video-blog: “quería representar el abuso de los medios porque… …es una metáfora de una tele-sinapsis colectiva, controlada por una sola mente siniestra…”
Al televisor con cerebro los acompañan una Macbook con hígado y una mesa de dibujo con espina dorsal. A su lado, en la pared, hay un afiche presentando las obras. Se toma una copa de alguna joda bien snob y resopla todo el líquido por la nariz. No está acostumbrado a ese hedor europeo. Posa. La gente pasa, las mira. Santander trata de leer las reacciones, pero nadie se sorprende tanto en realidad. No lo suficiente para que él pudiera sacar algún tipo de conclusión. Se acerca un tipo, parece trabajar en una oficina de tinterillos en el centro. Tendrá unos 35 años y Santander de inmediato piensa que no tiene cara de entender de arte. Mira detenidamente y señala el televisor con cerebro.
-¿Cómo se llama ésa?
– “Accidente televo-vascular.”
– Qué curioso ve… pero se pudre. Digo, el cerebro…
– Es cierto.
– Y cuando se pudra esa joda… queda no más un televisor dañado.
– Cuando se dañe lo quitás y ponés un cerebro de plástico.
– ¿El cerebro de plástico viene incluido?
– No.
– Mmm, ¿cuánto vale?
– Ahí está el precio
– No veo bien, ¿no me lo podés decir vos?
– 135 mil
– Déjemelo en 120
– No.
– Comprador
– Mmm… es que me gusta, de verdad me gusta, lo veo en la recepción, ja, la cara que pone Gilberto, se le moja la camisa en las axilas, ja, te digo, en fin… lo llevo.
El tipo saca la billetera, busca, no hay nada. Revisa su maletín ejecutivo, entrepaños, agendas. Va al bolsillo de la camisa. Saca 3 billetes de 50 mil. Se los ofrece a Santander.
– No tengo devuelta, mi mamá me mandó sin un peso para acá.
– ¿Cómo así?
– Nada.
– Es todo lo que tengo. Déjemelo en 100 – le pasa dos billetes.
– No.
– Mmm… bueno, me quedo con las ganas de verle la cara al muy perro, es cristiano, lo escandalizan éstas cosas, ja, lo viera…
– ¿Por qué no cambia el billete?
– ¿Será? Mmm… pues, es que tengo que ir… -mira para los lados, ve en la esquina ve una farmacia, nota que Santander lo está mirando- …de pronto en esa farmacia… me tocaría devolverme desde allá… no, pues yo voy, sí…
– Mire, tranquilo, no tiene que decir que va a caminar todo eso sino quiere hacerlo.
– No, sí… yo vengo, seguro… -lo mira a los ojos- espéreme ahí…
El tipo se va. Entra a la farmacia, que está en la esquina, por la puerta que da a la calle y sale por la que da a la carrera. Santander lo ve irse, lentamente. Se pierde en la distancia.