

Por Benjamín Barney Caldas
Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Docente en la San Buenaventura y la Javeriana de Cali, el Taller Internacional de Cartagena y la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona.
Desde luego en una verdadera ciudad es fundamental estimular los eventos culturales colectivos tradicionales o, si es necesario, crear nuevos, que agrupen a los ciudadanos identificándolos con la suya por encima de sus diferencias, y que los familiaricen con sus distintos sectores, barrios y calles, uniendo a sus vecinos alrededor de un evento común mejorando la calidad de vida de todos. Y logrando su identidad con su lugar en la ciudad, la que es indispensable para la seguridad, confort y placer al circular por sus calles, pues no hay mejor vigilancia que la que de tener vecinos conocidos, y no entrometidos como suele pasar cuando ni siquiera se saludan.
El problema en Cali, una ciudad tan nueva (casi tres millones de habitantes en apenas un siglo), es que casi todos son tambien nuevos con las molestias que inevitablemente se ocasionan, sobre todo ahora que todo lo hemos convertido en negocio. Lo único que queda de antes son las macetas, pues de las demás tradiciones de la pequeña villa que fue Santiago de Cali hasta finales del siglo XIX no quedó si no su historia, desconocida por lo demás. Por ejemplo la de los “matachines” que “capitaneaban” los “encierros” de toros: tres palabras que ya no significan nada para la gran mayoría de los que hoy habitan esta poblada ciudad ya sin tradiciones propias.

Las corridas de toros, que en el mes de diciembre eran parte importante de la Feria de Cali de hace medio siglo, son ahora una tradición de cada vez menos caleños, y los globos se terminó prohibiéndolos pues generaban incendios, igualmente la pólvora, debido a su abuso, lo mismo que pasó con la cabalgata. En consecuencia las navidades ya no son en esta ciudad una tradición colectiva, y los “festivales” periódicos de cualquier cosas, buenos o malos, no nos pertenecen, si no que en general son un arrume de estridencias. Una violencia de la expresión de una acción que, por exagerada o violenta, produce una sensación molestamente llamativa.
Y son estridentes pues no cuentan con espacios públicos adecuados para ellos, y en consecuencia se toman los parques, como en El Peñón semanalmente, o las calles de un barrio, como pasa en San Antonio cada año, perturbando la vida cotidiana de los vecinos todo un día y parte de la noche, pues aquí lo que lamentablemente se ha vuelto una tradición es exagerar todo, o molestando con su ruido y desorden a varios barrios enteros como sucede cada vez que se hace un espectáculo en el Estadio, cuando además se congestiona el tránsito de media ciudad, y cuyos partidos de fútbol son origen de permanente vandalismo precisamente por su localización.
En conclusión, Cali, pero también Palmira, necesitan un espacio apropiado para sus nuevos eventos multitudinarios, el que debería estar a medio camino entre las dos ciudades, cerca al aeropuerto, a donde debería llegar el Mio, y que por supuesto podría ser el abandonado estadio del Deportivo Cali, que debería adquirir la Gobernación del Valle del Cauca con tal propósito, pues beneficiaria a medio Departamento. Es lo que se debería haber hecho con el Pascual Guerrero cuya re adecuación ha sido un costoso error en todos los sentidos, y cuya mala vejez ya se puede adivinar, sobre todo en su carpa que ya no es blanca sino gris como su futuro.