Por Héctor De los Ríos L.
Vida Nueva
Siguiendo la línea de los evangelios anteriores, hoy nos encontramos con la tercera característica distintiva de un discípulo de Jesús: la oración frecuente. Ser “orante” es un rasgo de la personalidad del discípulo. La oración del discípulo es continuación de la oración de Jesús en él. Hay que aprender la oración de Jesús.
La oración no es fácil, especialmente cuando no encuentra respuestas inmediatas puede llevar al desánimo. Hay que hacer el aprendizaje de la perseverancia, así como lo hace el amigo “importuno” de la parábola.
Pero así como la oración pide esfuerzo también es gracia: en ella encontramos el rostro de un Dios Papá generoso para el cual basta pedir. Hay que hacer el aprendizaje de la confianza en Dios Papá.
Del comienzo al fin del pasaje de hoy, escuchamos la voz de Jesús dando todas las pautas, porque Él es Maestro de Oración.
Tengamos presente que la oración, aun siendo lo más espontáneo que hay, requiere educación. Esta educación no está centrada tanto en formas externas o tácticas infalibles sino en el cultivo de una triple certeza en el corazón: la conciencia de filiación, la certeza de que somos escuchados y también de que Dios es generoso con sus dones a sus hijos pero para ello hay que hablarle.
Dejando hablar a Jesús como Maestro de Oración, el evangelio de este domingo nos inculca que vale la pena orar, porque la oración es eficaz. El evangelista Lucas nos ha enseñado que la oración era una constante de la vida de Jesús. La enseñanza es clara: el punto de partida de la oración cristiana es la misma oración de Jesús. Los discípulos quieren una oración que los distinga -en cuanto comunidad de Jesús- Lo que sigue entonces es el aprendizaje de una oración con sello propio, con la marca distintiva del Espíritu que hacía palpitar de amor el corazón de Jesús por su Padre de una manera diferente; una oración que sumerge en la revelación del rostro de Dios).
La oración comienza con un grito del corazón: “¡Padre!”. Con la palabra “Padre” comenzaba Jesús habitualmente sus oraciones. Esta última expresión de Jesús en su vida terrenal es impactante. Toda la vida de Jesús estaba bajo la mirada del Padre.