Por Héctor De los Ríos L.
Vida Nueva
La Presentación de Jesús:
San Lucas 2,22-40
“Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”
Hace cuarenta días celebramos la Navidad. Según el evangelio de Lucas, cuarenta días después Jesús fue llevado a Jerusalén, al Templo. Allí dos figuras proféticas, Simeón y Ana, reconocen a este niño de apenas un mes y diez días de nacido como el Mesías y el autor de la Salvación.
La ceremonia de las candelas con la que hoy abre la liturgia nos pone frente al mensaje fundamental, que está recogido en la oración de Simeón: “Mis ojos han visto tu salvación… luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”
Desde el año 1997, el Papa Juan Pablo II instauró en esta fecha la Jornada de la Vida Consagrada: l@s religios@s, los miembros de Sociedades de Vida Apostólica, de Institutos Seculares. En esa ocasión nos dijo qué relación tenía esta Jornada con la fiesta de la Presentación del Señor:
En los rituales del Antiguo Testamento, el “sacrificio” de animales tiene como finalidad simbolizar la restitución a Dios de lo que previamente se ha recibido de Él. Con mucha precisión la Ley prescribe que los primogénitos de los animales deben ser ofrecidos en sacrificio, en cambio los niños primogénitos se rescatan con dinero Llama la atención en nuestro texto que no se dice que Jesús haya sido rescatado, sino “presentado”, es decir, “consagrado” al Señor. Esto se explica por el hecho de que Jesús le debe el origen de su propia existencia al poder creador de Dios. Por eso Jesús le pertenece a Dios de una manera singular. Efectivamente el Ángel le había dicho a María: “El que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”.
Jesús es introducido solemnemente en un lugar que le es propio: el Templo, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Jesús está en la casa de su Padre. Allí Jesús se ofrece a su Padre, pero por las manos oferentes de su madre.
Es interesante que Lucas junte la ofrenda del hijo con la purificación de María. La norma pide que se ofrezca un sacrificio por su purificación, concretamente un cordero y un pichón de paloma. Pero de María se dice que ofrece un par de tórtolas (o dos pichones), lo cual era una concesión especial que se le hacía a los más pobres que no tenían cómo adquirir el cordero: “Cuando los recursos no alcancen…”). Por tanto la Madre oferente es una mujer pobre que sabe dar.
Al ofrecer el sacrificio correspondiente, se nos recuerda que María es verdaderamente madre, que vive en condiciones de pobreza y que su corazón está profundamente adherido a la voluntad de Dios manifestada en la Ley.
La entrada de Jesús en el Templo no pasa desapercibida. Por medio de él ocurre también la entrada del fuego de la esperanza que proviene del Espíritu Santo en quienes lo rodean. De hecho, es significativo que al mismo tiempo que el niño Jesús viene al Templo, también el anciano Simeón “movido por el Espíritu, vino al Templo”.
Tanto Simeón como Ana, ambos laicos, tienen una visión especial de Jesús en aquel momento, que llena de alegría sus vidas que ya están casi en el ocaso. Ambos le dan voz al acontecimiento captando su gran alcance.
La presencia del recién nacido es signo de esperanza para el anciano, quien normalmente mira mucho hacia atrás y poco hacia delante.
De Simeón -conocemos su personalidad espiritual: (1) Justo y piadoso; (2) esperaba la consolación de Israel; (3) estaba en él Espíritu Santo (ver 2,25).
El evangelista Lucas nos muestra que precisamente porque reúne todas las características enumeradas es que Simeón puede vivir la grandeza del momento: él sabe ver en profundidad y captar el instante preciso de la venida de la consolación.
El perfil que se nos da de Simeón no es algo secundario: es una persona orante que escucha la Palabra de Dios y es fiel a ella, que es perseverante en la espera de la consolación y sensible a las revelaciones y mociones del Espíritu Santo. Él sabe callar y aguardar, sabe escuchar y acoger, sabe vivir los silencios pero también hablar.
La entrada del niño Jesús en el Templo, entonces no lo toma desprevenido: “Cuando los padres introdujeron al niño Jesús… le tomó en brazos y bendijo a Dios”). ¿Cuántos niños recién nacidos debía haber? Simeón apenas lo ve lo capta y exulta de alegría abrazando la aurora de la salvación, de la luz que ilumina a su pueblo y a todo el mundo.
(1) Lo reconoce como el portador de la “salvación” para él y para todos los pueblos (2) Lo anuncia como “luz” de los paganos y “gloria” de Israel (2,32).
Como Simeón, el consagrado testimonia la apertura al misterio de Dios, calla y capta con fina sensibilidad espiritual la presencia del Señor, sabe acoger el don de Dios y celebrarlo luego en alta voz. Simeón, quien sabe vivir la larga noche oscura de la fe en la espera de la plenitud de la consolación, nos enseña todas estas actitudes claves para la experiencia de Dios en la novedad de Jesucristo.
Es así como se adquieren las mejores disposiciones para “ver” en primera persona “la salvación” y llevar su fuerza iluminadora y renovadora a los rincones más oscuros y necesitados de la amplia geografía humana.