
Por Benjamín Barney Caldas
Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle, y Profesor Titular (Jubilado) de la misma. Docente en la San Buenaventura y la Javeriana de Cali, el Taller Internacional de Cartagena y la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá, e Isthmus Norte, en Chihuahua. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona.
Las diferentes sedes del Gobierno de un país no son meros edificios de oficinas, sino que representan al Estado y exponen la cultura de la Nación. En Colombia, un país tan centralista, se entiende así a nivel de la Presidencia, pero no en muchas Gobernaciones y Alcaldías. Las sedes de la Gobernación del Departamento del Valle del Cauca y del Centro Administrativo Municipal de Cali dan grima. Son no solamente la imagen de la dejadez que campea en la ciudad sino también una comprobación palmaria de la falta de cultura y dignidad de sus políticos pues esta desidia por supuesto no es sólo de ahora.
Para principiar, nunca se ha debido demoler el viejo Palacio de San Francisco, la segunda sede de la Gobernación, construido en 1927, y ya a mediados del siglo XX un hito tradicional de la ciudad, cuya fachada supuestamente se inspiró en el altar de la Iglesia Nueva de San Francisco, justo al frente, construido en Valencia, España, entre 1909 y 1910, de madera y mármol. El viejo edifico de tres pisos altos, coronado por una cúpula acristalada, se hubiera podido conservar, con fines de protocolo, adelante del nuevo, pese a sus 18 pisos, completando su fachada posterior y una de las laterales, pues formaba una esquina, y uniéndolos con un puente.
Desafortunadamente tampoco se conservó al menos la estatua en bronce, de cuerpo entero, mandada hacer en Francia, de Fray Damián González, un destacado franciscano de la ciudad, llamado "el cura de Cali", inaugurada para el primer centenario de la Independencia. Estaba en el centro de la Plazuela de San Francisco, la que Oscar Cobo, diseñador de la nueva gran plaza en la década de 1970, acertadamente dejó claramente insinuada con un cambio de nivel en su suelo. Pero incluso ahora, que recientemente se la movió de nuevo, se ignoró la recomendación del Consejo Departamental de Patrimonio Cultural de ponerla en su sitio original.
Y como si no bastara con eliminar los "viejos" símbolos de la ciudad y reemplazarlos por otros "modernos", como parte de las ambiciosas obras que la ciudad acometió con motivo de los Juegos Panamericanos de 1971 para "cambiarle la cara", las fachadas de la nueva "torre" se han llenado de aparatosas unidades de aire acondicionado, que cada funcionario hace poner en cualquier parte y de cualquier manera. Y lo mismo sucede con los dos edificios del Centro Administrativo Municipal, "torres" también les dicen, a los que no les cabe una más, como si fueran moscas. Pero no faltarán los que digan que no importa, que casi no se ven. Son los que ven pero no saben que miran.
En Cali se evita hablar de la belleza de sus edificios como si diera pena en medio de tanta inseguridad, violencia y pobreza. Pero es pasar por alto que lo feo se relaciona con lo malo y sucio y que mientras la belleza disuade la violencia, estimula y hace que la pobreza lo sea aun mucho mas. Y tratándose de edificios públicos es sin duda preocupante: ¿cómo confiar en los que los ocupan representando la dignidad del Estado y la cultura de sus conciudadanos? ¿Qué esperar de gentes tan ciegas a sus símbolos? Estos son los que se adoptan para representar los valores de un país y mediante los cuales se identifica y distingue, además de aglutinar a sus ciudadanos y crear un sentimiento de pertenencia.