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“Jornal gratuito”

Héctor de los Ríos, 19 September, 2020
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

Domingo XXV del Tiempo Ordinario,

Isaías 55, 6-9: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes”

 Salmo 44: “Bendeciré al Señor eternamente”

 Filipenses 1, 20-24. 27: “Para mí, la vida es Cristo, y la muerte una ganancia”

 San Mateo 20, 1-16: “¿Vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”

La pandemia ha desnudado muchas de las carencias de nuestro país y de nuestra sociedad. Muchos se han quedado sin trabajo, sin escuela y sin opciones ante la indiferencia de quienes deberían ser responsables. Descubrimos el ámbito del trabajo como un lugar donde prevalecen las injusticias y se le más valor al capital y a las ganancias que a la dignidad y necesidades básicas de las personas. Si revisamos los horarios, si vemos los salarios, comprobamos que las personas pasan a ser meros números, engranes de una maquinaria de producción que solamente beneficia a unos cuantos y deja a la mayoría sobreviviendo. El campo es igual: mucho trabajo, mucho riesgo para los campesinos y pocos beneficios cuando se obtiene la cosecha. Las ganancias quedan en otra parte. La actual concentración de renta y riqueza se da principalmente por los mecanismos injustos del sistema financiero y una acumulación de bienes y servicios que ni es en pro del bien común, ni beneficia a todos los hombres, ni produce una auténtica realización de la felicidad humana. Si a esto añadimos la grave corrupción en todos los niveles, vinculada muchas veces al flagelo del narcotráfico o del narconegocio, se acaba destruyendo el tejido social y económico de las comunidades. Y esto tiene graves repercusiones en el desempleo, subempleo y situaciones dramáticas de necesidades personales, familiares y sociales.

Rompiendo estructuras

La parábola que hoy nos cuenta Jesús en un primer momento puede parecernos que va en el mismo sentido: un patrón que contrata a los que quiere y que después paga a su gusto, igualando ‘injustamente’ a quienes han trabajado todo el día con quienes solamente han trabajado una hora. Pero si logramos captar el verdadero sentido de la parábola, nos llevará a una profunda reflexión tanto del verdadero sentido del trabajo y del capital, como de la verdadera igualdad y comunidad. Este pasaje continúa la instrucción de Jesús sobre los temas de la fraternidad cuyo cimiento fundamental es la acogida al débil. La respuesta a las diferencias que ofrece es muy clara: la norma de oro sobre la que nace la comunidad debe ser la igualdad: todos reciben lo mismo independientemente del trabajo que han realizado. Habrá que romper los esquemas que hacen de la comunidad un campo cuya norma parece ser la fuerza y el egoísmo. La nueva comunidad cristiana habrá de recuperar su vocación inicial y romper las estructuras sistémicas que hacen de la comunidad una presa fácil a favor del poderoso, donde el débil no cuenta y los excluidos no tiene acceso a los beneficios del Reino.

Los últimos y los primeros

Acostumbrados a los mensajes de un mundo neoliberal, nos parece ilógico e injusto el proceder del Señor. Ante Dios no es cuestión de mérito, ni de cantidad o calidad de trabajo. Tanto la llamada a participar en su viña, como la retribución, son un regalo, no una premiación. La respuesta y el compromiso personal son muy necesarios, pero la recompensa es gratuidad de Dios. Dios habla de la gracia, de la alegría de dar. Nosotros inmediatamente hablamos de comparaciones y de derechos. Y la comparación siempre produce o bien complejo de superioridad o bien nos arroja en la amargura de la envidia. ¿No es cierto que muchas de las tristezas y frustraciones nacen de la comparación con lo que otros tienen, con lo que los otros hacen o con lo que otros disfrutan y nosotros no? Me imagino que, si aquellos trabajadores hubieran recibido su jornal, que nos da a entender que era justo y apreciado, sin saber el jornal de los otros, lo hubieran aceptado felices como un premio. Pero al mirar a los otros les produce tristeza lo que están obteniendo. La envidia corroe el corazón, cuando nos comparamos con el otro y nos sentimos con más derechos.

En la narración Cristo habla a los que se sienten justos y niegan acceso a los pecadores. En nuestra actualidad se dan muchas discriminaciones y bloqueos, solamente porque los consideramos sin derechos. No se tiene en cuenta a los más débiles. Baste mirar las estructuras de nuestra sociedad, sus calles, sus servicios, no tienen en cuenta para nada a quienes tienen capacidades diferentes. Se cierran pasos, se construyen obras, pero todo pensando en unos cuantos, egoístamente y no teniendo en cuenta a los más desprotegidos. E igual sucede en la vida. Se olvida la igualdad, esa igualdad nacida de la generosidad de un Dios que no crea ninguna injusticia, que se derrama sobre todos. De ahí que quien entiende bien a este Dios generoso que obra sin detenerse en presuntos privilegios, debería ser igualmente generoso en su propia comunidad, sobre todo con los más débiles.

¿Qué hacen ociosos?

Finalmente, aunque solo sea una mención, aparece también muy clara la abierta invitación de Jesús a que todos trabajemos en su viña. Hay quienes generosamente han entregado su vida a favor de los hermanos, y qué bueno. Hay quienes, con culpa o sin ella, no han tenido esa oportunidad; hoy Jesús nos invita. No hay ninguna excusa para que alguien quede indiferente ante el llamado de Jesús. No importa edad, no importa sexo, no importa ideología, todos estamos llamados a trabajar en esa viña, que es la niña de sus ojos, por la cual da la vida. ¿Qué esperamos para responder al llamado? Nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven para responder a su llamado; nunca se es suficientemente sabio o ignorante, para no participar. Cristo nos llama a todos y éste es el momento especial de gracia para responder a su llamado.

 Dios nuestro, Padre bueno, Padre de todos, que en el amor a Ti y a nuestro prójimo has querido resumir toda tu ley, concédenos descubrirte y amarte en nuestros hermanos para que podamos alcanzar la vida eterna. Amén.

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