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San Miguel de Allende, arte y glamour

Isabel Ortega, 30 April, 2023

  Iwerrgsabel Ortega Ruiz 

 Estudió derecho en la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster en Mediación y Resolución de conflictos en la Universidad de Barcelona, profesional del sector asegurador por 2 años, especializada en propiedad industrial, área donde ha trabajado por 4 años.


“Sin importar el tamaño de la ciudad o pueblo en donde nacen los hombres o las mujeres, ellos son finalmente del tamaño de su obra, del tamaño de su voluntad de engrandecer y enriquecer a sus hermanos.”
Ignacio Allende – Militar

Este pueblo mágico, patrimonio de la humanidad, debe su nombre a Ignacio Allende, líder insurgente del movimiento de Independencia y héroe nacional.

Nativo de esta ciudad hermosa, se estremecería si levantara la cabeza de la tumba y se viera invadido por americanos y canadienses. Así lo sentí yo cuando llegué.

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Siguiendo mi ruta de Guadalajara a México ciudad, después de pasar por Guanajuato me planté en San Miguel de Allende. Tenía muchas expectativas en la ciudad. Había leído en internet, en un montón de blogs, que era una de las ciudades mas bellas de México, un imprescindible en tu viaje a México. Y es cierto, pero San Miguel no es México, no del que yo venía ni al que fui. El centro de la ciudad está gentrificado, y digo el centro porque hay rincones en los alrededores que aún mantienen su esencia, pero me temo que por poco tiempo.

Y aunque para mi San Miguel de Allende no es una ciudad destacable en mi viaje, si creo que puede llegar a ser interesante con un poco más de tiempo para descubrirla.

Lo bueno de la ciudad fue que el hostal era estupendo y conocí a una canadiense con quien me fui a turistea y a disfrutar de un buen café. Mi miedo a no conectar se disipo un poco gracias a eso, y os adelanto que las conexiones no pararon de venir desde entonces. Una cosa que nos llamó la atención a ambas fue la media de edad de la gente del hostal, rondaba los 40-50. Creemos que esto se debe la calidad de vida de la ciudad, es una de las más seguras del país, y el hecho de que sea más cara que otras, la hace un destino poco atractivo para jóvenes mochileros (backpackers) con un presupuesto ajustado, pero no para gente más adulta que goza de un cierto nivel económico.  

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El primer día salí a correr, tenía tiempo, por lo que me puse la mayas y corrí hasta el parque más cercano a disfrutar de la brisa y el paisaje que me ofrecía la ciudad. Por el camino descubrí que la calle estaba plaga de galerías de arte. Más tarde fui a la fábrica la Aurora, una antigua fabrica textil que conserva parte de su maquinaria a modo de museo y ha sido transformada en espacio de creación artística, con galerías de grandes artistas locales e internacionales. Allí viví un momento único. Mientras paseaba entre buganvillas, vi a un pintor en medio de las flores retratando a una muchacha. Fue algo muy íntimo.

Cuando volví, me fui a comer con mi recién amiga canadiense. Nos costó decidirnos, porque la oferta gastronómica en la ciudad es impresionante, pero al final nos decantamos por una taberna local. Había música en vivo, un hombre con su guitarra cantaba canciones a petición y tenía una gran fan de unos 4-5 años que no paraba de pedir canciones infantiles que el con mucho gusto y gracia cantaba. Los platos que nos pusieron eran inmensos, pero es que ya empezaba a darme cuenta tras un par de semanas en México que las cantidades son más que generosas en el país.

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Con la barriga contenta nos fuimos a pasear por las calles color terracota. Todo el centro está muy bien cuidado, está limpio y adornado con flores y farolillos.

La parroquia de San Miguel Arcángel, icono del gótico mexicano destaca en la plaza principal de la ciudad y en frente de la misma se concentran en la noche grupos de mariachis que amenizan la noche a los transeúntes.

Tuvimos mucha suerte la primera noche, porque se celebró un concierto de cuyo artista no recuerdo, lo siento, pero si recuerdo que no cabía un alfiler en la plaza y que sus canciones eran pegadizas y animadas. 

Cansada de las multitudes, a la mañana siguiente decidí ir al charco del ingenio, un Jardín Botánico y Reserva Natural extraordinaria. Posee una extensa colección de plantas nacionales, muchas de ellas protegidas y otras en peligro de extinción. Aunque pueda parecernos raros, hay cactus amenazados. Vale la pena el viaje, pero admito que me costó llegar, casi tiro la toalla. Me paré a esperar el autobús, a 32 grados, y no pasaba. Por lo que decidí coger un taxi, y ¡Me rechazaron más de cinco! Ningún taxi quería llevarme, cuando decía el lugar me contestaban que no iban allí y se largaban. Suerte que llegó un taxista que se apiadó de mí, y me dijo que era su obligación dar servicio a todo el mundo. Le amé, fue mi salvador y me contó que el precio mínimo por trayecto eran 65 pesos (3/4 euros), por lo que salía más a cuenta hacer varios cortos que llevarme a mí por 80 pesos al jardín del ingenio. EL lugar no lejos de la ciudad, pero si está apartado del centro y hay una cuesta que a más de uno dejaría sin aliento.

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Eso sí, el lugar vale la pena. A través de un itinerario muy bien señalizado y con mucha información divulgativa ves plantas, arboles, un lago, ruinas y un cañón por donde pasa un río, y en el horizonte, San Miguel de Allende.

Por la tarde fui a la terraza del hotel Rosewood, llamada Luna Rooftop Tapas Bar, donde el atardecer prometía. El atardecer es bonito, pero me recordó a cualquier terraza de Madrid en agosto, llena de turistas, no volvería.

Sentirme tan “guiri” me cabreó por lo que me fui a andar por los alrededores. Estaba anocheciendo, pero envalentoné y entré en un parque porque escuché ajetreo. Había familias disfrutando del paseo, adolescentes practicando hip hop, otros jugando a baloncesto. Me senté a observarlos, quería ser una más. A la vuelta pasé por delante de un grupo de personas ensayando una coreografía con catanas y abanicos. En ese preciso instante sí sentí que era testigo de la vida local de la ciudad.

Aun así, la ciudad no tiene el encanto de la ciudad de Guanajuato, ya me lo dijo mi amiga Karla, pero yo empecinada en contradecirla reservé más días en San Miguel.

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