
Para los mismos caleños, que no lo sepan, las macetas solo se pueden encontrar en esta ciudad, en la que el dulce se confunde con el verde de su naturaleza y con una tradición que pasa de generación en generación, que desde el oeste de la ciudad se va extendiendo hacia la planicie todos los finales del mes de junio.
No hay macetas más allá de Jamundí y menos en otras regiones del País. Solo los ahijados de esta ciudad reciben de sus padrinos este presente, tradicionalmente los 29 de junio.

Cali se llena en estos días de macetas, trozos de balso en los cuales van dulces y objetos pequeños y que se adornan con festones o ringletes, expresión del arte popular y la tradición dulcera del Valle del Cauca. Figuras elaboradas en azúcar adornadas con ringletes y papelillos multicolores que están incrustados en palos de maguey, y que son regaladas como un símbolo de su compromiso de amory padrinazgo.
Y lo que inicialmente se concentraba en algunos parques, hoy se ha vuelto un motivo de venta en centros comerciales, avenidas y por toda la ciudad. Es más me atrevería a decir, que a Cali las macetas le imprimen ese color de esperanza en la mitad del año.

Confieso que personalmente me cambia ese panorama caleño, observar tanto colorido que se bambonea con la brisa vespertina, pues las macetas, creo que por el mercadeo, ahora duran expuestas una semana antes y otra después de la fecha de los ahijados.
Las macetas tienen una historia tan rica, como el sabor de sus dulces. Los relatos cuentan que la señora Dorotea Sánchez, quien vivía en el barrio el Peñón de Cali, y quien tenía dos hijos, Pedro y Juan Pablo, al no tener recursos para la celebración del cumpleaños de los pequeños, un 29 de junio, con un poco de azúcar de pan les preparó dulces de conserva, hizo lumbre y puso en un recipiente agua y azúcar.
La mezcla la convirtió en algo sólido, que Dorotea moldeó con los dedos. Ala casa llegó ese día la visita de una señora muy bonita vestida de blanco y bastante perfumada. La visitante bendijo la miel, que empezaba a convertirse en caramelo, este se puso blanco y empezó a cuajarse. La dama sonriente empezó a pellizcar trocitos y a convertirlos en palomas, en caballo, en flores, en muñecos en tantas cosas tan bonitas que Dorotea miraba con atención mientras suspiraba. Después se organizó el más divertido festival entre ahijados y padrinos. Y así nació en Cali la fiesta de las macetas.
Este año las macetas, los herederos de Dorotea, los artesanos que las preparan, las tradicionales hermanas Otero del barrio San Antonio, reciben la mejor noticia, el Consejo Nacional de Patrimonio acaba de incluir a la tradición caleña de celebrar a los ahijados con macetas de alfeñique en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia.

En sus consideraciones para esta declaratoria, los integrantes del Consejo Nacional de Patrimonio resaltaron el compromiso de todos los actores, especialmente el empoderamiento de los artesanos, la participación de las entidades públicas y privadas y el acompañamiento realizado por la Cámara de Comercio de Cali para su formulación.
Las macetas, esas que deberían llevarse como un souvenir o recuerdo de la ciudad, todos las que la visitan, y que no tiene excusa ningún padrino en Cali para no regalárselas a sus ahijados, hoy son patrimonio y símbolo desde esta Cali, dulce y colorida, para todo el País.