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Las ciudades intermedias

Benjamin Barney Caldas, 14 December, 2013


Por Benjamín Barney Caldas 

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle, y Profesor Titular (Jubilado) de la misma. Docente en la San Buenaventura y la Javeriana de Cali, el Taller Internacional de Cartagena y la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá, e Isthmus Norte, en Chihuahua. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona.


En las ciudades pequeñas desde luego a nadie se le ocurre un City Tour en un bus turístico de dos pisos pues en ellas se puede caminar de una vez, al menos en sus cascos viejos, ya que en general en sus ensanches y suburbios no hay  nada que ver o es algo puntual a lo que hay que ir en carro. Es parte de su mejor calidad de vida; en ellas los turistas – si los hay – se tornan visitantes.

Probablemente la vida en las ciudades intermedias colombianas, casi todas ellas capitales de Departamento, sea la mejor. Como Manizales o Pereira, cerca a Cali, Medellín y Bogotá por carretera o avión; como lo está Villavicencio de la capital. En las ciudades mas pequeñas la vida cotidiana es mas segura, funcional, económica y confortables, aunque probablemente menos emocionante.

Al fin y al cabo,  son artefactos creados por el hombre, hoy ineludibles para la vida de la mitad de la población del mundo, que han permitido los ciudadanos se relacionen  con otros en calles, plazas, parques y  edificios públicos, donde se dan actividades puramente urbanas. Como dice el economista Edward Glaeser, desde compartir una mesa, una sonrisa o un beso en restaurantes, cafés, bares y tiendas de esquina, hasta el encuentro en los museos, bibliotecas, teatros, salas de música, centros culturales y aulas universitarias, y desarrollarse culturalmente:..

De ahí la importancia de que estén cerca de una ciudad que ofrezca ciencias, artes, deportes, espectáculos y ocio, como sucede en Europa. Conectarse con lo que ofrece una gran capital, y no apenas las del país, sino de los países vecinos, o de Europa o, algunas, de Estados Unidos. El problema aquí son por lo tanto la distancias y las cordilleras, y de ahí que la funcionalidad de los aeropuertos sea vital para las ciudades intermedias. Pero también los trenes que corren a lo largo de sus valles, del interior al Caribe.

Lo que inquieta igualmente son los desplazados del campo que se siguen sumando a su crecimiento natural, lo que aprovechan los terratenientes que las rodean y los constructores de vivienda, para hacer un buen negocio sin preocuparse por  generar su desarrollo. Por lo contrario, como afirma Edward Glaeser: “Para prosperar, una ciudad tiene que atraer a personas inteligentes y permitir que colaboren unas con otras” (El triunfo de las ciudades, 2011, p. 310), es decir que dependen de la calidad de su artefacto urbano.

Precisamente el patrimonio construido que conservan las ciudades que no han crecido mucho ni demasiado rápido. Es el caso de Popayán (que deberían pensar mas en su futuro que en su pasado), o Barichara o Mompox o Santafé de Antioquia, por ejemplo. O Cartagena que creció sólo después haberle puesto bolas a su centro histórico y precisamente a raíz de su conservación, transformándolo no sólo en su mayor fuente de ingresos sino también en parte de su mejor calidad de vida.

Entre las ciudades intermedias colombianas sin duda Manizales lleva la delantera, pues allá supieron o descubrieron hace años que lo mejor para ser una ciudad de primer orden es seguir siendo una ciudad intermedia. Su mayor reto es, en consecuencia, como seguir siendo pequeñas. Vale la pena insistir en el divertido acierto Bugueño: el tamaño ideal de una ciudad es aquel en que si uno camina demasiado rápido, se sale de ella.

 

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