
Por Benjamín Barney Caldas
Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle, y Profesor Titular (Jubilado) de la misma. Docente en la San Buenaventura y la Javeriana de Cali, el Taller Internacional de Cartagena y la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá, e Isthmus Norte, en Chihuahua. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona.
Así como las calles son el espacio básico de las ciudades, las esquinas son sus puntos críticos, como dice Ignacio Urbina Polo (di-conexiones, 19,/04/2012/ 7:05 am). En ellas se cruzan dos calles, generalmente para pasar de una local a otra transversal mas importante, o lo contrario, y al tiempo son las cuatro aristas en que convergen las fachadas de los edificios que las conforman -y de ahí las tiendas de esquina-.
Las esquinas son, pues, lugares de encuentro, superposición y conflicto, lo que las convierte en generadoras de la diversidad urbana. En lo que respecta a la seguridad vial, suelen ser los lugares más peligrosos, ya que se encuentran vehículos que viajan en dirección contraria (http://es.wikipedia.org/wiki/Esquina); hasta cuatro sentidos cuando es de dos cada calle.
En Cali las son aun mas criticas pues su cruce está pensado únicamente para favorecer el tránsito automotor –no la movilidad de las personas- pero además mal pensadas pues los semáforos no están sincronizados, o cuando no los hay los cruces son independientes cada uno del siguiente, en las dos direcciones, y por eso los vehículos tienen que detenerse casi en cada esquina, y para los peatones es mas práctico y hasta seguro cruzar por la mitad de la calle.
Por eso cada vez más las ciudades incorporan rampas al final de los andenes para todos los peatones. Y no como en Cali apenas para los discapacitados, mal diseñadas por lo demás, como los pasos pompeyanos, cuando los hay, que están a un lado del recorrido peatonal por lo que la mayoría de la gente (hay que insistir) no los usa; y hasta se ha criticado que se hagan dizque porque obligan a los carros a detenerse lo que precisamente es su función, mientras que en Londres, por ejemplo, se va a poner la totalidad de la calle -andenes y calzada- al mismo nivel para beneficio de los peatones.
Aquí no hace falta ir muy lejos en la ciudad para encontrar situaciones donde las soluciones que fueron implementadas para las personas con discapacidad (que tienen impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas) sean tan mal pensadas que, paradójicamente, aumentan el peligro.
Se ponen por ponerlas, como si fueran adornos; como esos “pares” en los que muchos no paran, o que invaden el paso peatonal perjudicando a todos los peatones y no apenas a los discapacitados. O esas velocidades máximas que nadie respeta y que en muchos casos no deben hacerlo o, sencillamente, no pueden.
Y ni hablar de las señales acústicas en los cruces de peatones que el ruido no deja oír. O el uso del Código Braille, del que habla Urbina Polo, donde la visión y el tacto requieren de unas ‘distancias mínimas’ para que sean efectivos, además el rango de personas con ‘baja visión’ es muy amplio y es cada vez menos utilizado como medio de lectura y comunicación por la dificultad en su aprendizaje.
Pero en Cali lo que importa es lo formal, lo aparente, no lo real, no lo que se es si no lo que se pretende ser. Aquí las esquinas parecen para todos pero no lo son, y no nos interesa conocer que ocurre con esos espacios donde lo público y lo privado, los vehículos y los peatones, se mezclan para dar cara a una comunicación más íntima y más cotidiana: mas significativa.