
Por Carlos Enrique Botero Restrepo
Arquitecto Universidad del Valle; Master en Arquitectura y Diseño Urbano, Washington University in St: Louis.
Profesor Maestro Universitario, Universidad del Valle. Ex Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad del Valle (de2012 a 2015) y Director del CITCE (Centro de investigaciones Territorio Construcción Espacio) de 2006 a 2010.
Las prácticas del urbanismo y del planeamiento territorial en nuestro medio están fundamentadas en paradigmas que parecerían eternos, insuperables o insustituibles. El más determinante de todos los que puedan citarse a la hora de plantear criterios para el manejo de las áreas urbanas a partir de la Ley 388 de 1997 –que divide el suelo de cada municipio en área urbana, área rural y área de expansión- es el que impone la extensión desenfrenada del suelo urbano empujando siempre hacia fuera el perímetro, bajo el criterio aparentemente insoslayable de la necesidad permanente de nuevos suelos urbanizados para resolver el déficit cuantitativo de vivienda.
Y aquí está el meollo de la cuestión, el origen de la distorsión del paradigma pues en toda la historia urbana de la modernización de Colombia –asumiendo el siglo XX como el de su implementación- nunca se ha logrado controlar ni mucho menos superar el déficit de vivienda y, a duras penas, en muy pocos casos, en algo se ha aliviado o mitigado el mal.
Lo peor de todo es que nunca será superado el déficit, entre otras razones porque si ello hipotéticamente se diera, se vendría al suelo una de las actividades de mayor peso en la economía colombiana, la construcción masiva de vivienda en serie.
Se trata de un problema cuya supuesta solución se resuelve a partir de generar nuevo suelo urbano
Se trata de un problema cuya supuesta solución se resuelve a partir de generar nuevo suelo urbano, es decir, expandiendo el perímetro para dar cabida a las edificaciones que permitan resolver el asunto. Y parece curioso, en el caso de Cali los procesos de expansión han sido insuficientes para eliminar el déficit, a pesar de que desde 1927 –año de creación de la urbanización de San Fernando- se ha proyectado agregar al inventario de suelo urbano nuevas áreas urbanizables en proporciones gigantescas.
Para tomar solo cuatro acciones como referencia de esta práctica, la ya mencionada de 1927; la de 1948 que duplica la extensión del área urbana existente en su momento; la de 1969 que se apoyó en la construcción de la Ciudad Universitaria del Valle en terrenos del Ingenio Meléndez, y la del Acuerdo Municipal 069 de 2000 (primera versión del POT) que agregó mil seiscientas hectáreas nuevas y que aún hoy no han podido ser habilitadas plenamente por la imposibilidad de ofrecer infraestructura básica de servicios domiciliares. Pero casi ninguno de los procesos de expansión ha servido para proporcionar áreas urbanizadas para proyectos de vivienda hoy denominada VIS o VIP.
Se continuará revisando la experiencia histórica local, reforzando siempre el paradigma: el déficit de vivienda (de los pobres?) exige nuevas áreas urbanizadas
Hay una historia perversa alrededor de cada uno de los actos locales de aprobación de adición de áreas urbanizadas para permitir la construcción de vivienda popular gracias a la ampliación del perímetro urbano. Uno de los argumentos de mayor peso para la aprobación de urbanización de los ejidos de Isabel Pérez, hoy San Fernando Viejo, era la necesidad de contar con terrenos urbanizados para atender las demandas de trabajadores pobres (que para eso son los ejidos). Cuando el proyecto se implementó, no apareció ni un solo pobre como propietario de predio alguno entre los centenares que fueron habilitados con la entonces nueva experiencia de urbanización. El primer comprador de un lote urbanizado fue Antonio Dishington, el más importante industrial del momento en Cali (Tejidos La Garantía). Este hecho marcará el derrotero para las sucesivas expansiones del perímetro urbano de Cali donde nunca resulta área suficiente para construir vivienda obrera o popular. Se continuará revisando la experiencia histórica local, reforzando siempre el paradigma: el déficit de vivienda (de los pobres?) exige nuevas áreas urbanizadas para resolverlo. Nunca se podrá.
