Vida Nueva
Por P. Héctor De los Rios L.
21 domingo del tiempo ordinario
San Lucas 13, 22-30: «Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios».
El poema de Isaías, redactado un siglo después de la vuelta del exilio, representa una de las expresiones más universalistas del A. Testamento. El autor supone que al final de la historia habrá una batalla entre Israel y sus enemigos. Triunfará Israel, pero el resto de las naciones será salvado por medio de la misión judía entre ellas. Ya no habrá diferencia de pueblos fieles o paganos, todos tendrán acceso a Yahvé y hasta el culto será universal sin reservarlo a ninguna raza o cultura. Cristo será el signo salvador anunciado por el profeta. En esta profecía Isaías prevé la misión de la Iglesia. Esta misión es universal; por lo tanto los evangelizadores deben llegar a todos los rincones de la tierra donde el nombre de Cristo no es aún conocido. Para que la tierra entera alabe la gloria de Dios.
Los hebreos llevan mal el exilio y la lejanía de la ciudad santa. El autor les hace ver la prueba como una corrección que hace Dios con ellos, al igual que un padre. Aquí se nos da una clave religiosa para entender mejor el misterio de las penas y pruebas de la vida. Dios las usa no para «castigarnos» -Dios no es un Dios de castigo- sino para purificar nuestros pecados y errores y para mejorar la calidad humana y cristiana de nuestras vidas. De la experiencia diaria del castigo paterno, pasa el autor a la visión de los acontecimientos desagradables de la vida, como reprimendas al estilo de los rabinos en sus correcciones a los discípulos. Así Dios nos prueba, como a su Hijo crucificado, para acogernos amorosamente.
El mensaje del Evangelio es referente al banquete escatológico, con la selección de todos a la puerta, sin distinción, incluso los paganos (igual que el festín, rebaño, templo que unifica las naciones, etc.). Cristo amenaza a los oyentes que no comprenden los signos de los tiempos y no se percataban del alcance del ministerio de Jesús. Quedarán excluidos los que no entiendan la misión de Jesús, entrarán en el Reino los paganos que la entiendan y los que obran y practican la justicia. La pertenencia al pueblo no será decisiva, solamente la práctica de la justicia.
Este Evangelio tiene que ver con el problema de la salvación eterna. Mientras Jesús, por un lado, no considera las preguntas que provienen de pura curiosidad, por otro lado aprovecha la oportunidad para afirmar un par de cosas. La salvación es seguir su camino («la puerta angosta») y la voluntad de Dios, que coincide con la verdadera felicidad y liberación del hombre. El camino de la salvación es incompatible con una vida «fácil» e irresponsable. La salvación, por supuesto, se ofrece a todos, y sin discriminación. Esto significa que no hay ningún tipo de privilegio social, cultural, económico o de cualquier clase que permita «sentarse a la mesa del Reino de Dios».
Sólo las buenas obras y la imitación de Cristo ganarán un lugar en la mesa del Reino.
Por eso muchos que hoy aparecen los primeros serán los últimos; y muchos que parecen ser los últimos serán los primeros.
Algunas preguntas para pensar durante la semana
1. ¿Cuál es mi «filosofía» con respecto a las pruebas de la vida?
2. ¿Soy de aquellos que piensan que porque son católicos su salvación está ya asegurada?