Justicia y misericordia en el discipulado de Jesús
San Lucas 16, 19-31
Amén.
El evangelio de este próximo domingo cuenta la parábola del “rico epulón”, pero quizás sea mejor llamarla del “rico avaro y el pobre Lázaro”.
La parábola combina dos temas:
(1) El primero es el revés de las fortunas en el mundo futuro para el rico y el pobre.
Este tema había sido presentado ya en el “Magníficat” de María, “a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió sin nada”, también en el sermón de la llanura, “Bienaventurados los pobres… pero ¡ay de vosotros, los ricos!” y en la parábola del rico insensato, “el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios”.
(2) El segundo es la seriedad de la escucha de la Palabra.
El evangelio de Lucas ha insistido con frecuencia en el anuncio de la Palabra y en la importancia de la calidad de la escucha: “Mirad, pues, cómo oís” (8,18ª). En la parábola se plantea el hecho de que si la Ley y los Profetas –la Palabra de Dios- parecen insuficientes para llamar al rico a la penitencia, ni siquiera el regreso de un resucitado de entre los muertos logrará la conversión esperada. Los milagros en sí mismos no pueden ablandar los corazones duros.
En el contexto anterior de la parábola del “rico epulón y el pobre Lázaro” notamos que se tiene presente la enseñanza de Jesús sobre el uso de la riqueza “para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas”; lo leímos hace una semana).
El auditorio de la parábola son los fariseos, quienes frente a la enseñanza que acabamos de recordar habían reaccionado mal: “Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él” (16,14).
Pongámonos a la escucha del Maestro que nos cuenta otra de sus parábolas mejor elaboradas en Lucas 16,19-31:
Veamos la parábola en sus dos partes que son como dos cuadros que se desarrollan, uno en la tierra y el otro en el más allá:
(1) la situación del rico y el pobre en su existencia terrenal (16,19-21);
(2) la situación del rico y el pobre en su existencia más allá de la muerte (16,22-31).
La primera parte de la parábola cuenta la historia de un rico que no siguió la enseñanza de Jesús de pensar en los demás y ayudar a Lázaro. Lázaro sólo recibía migajas que caían casualmente y no fue objeto de la más mínima caridad. Podemos ver al rico como un ejemplo concreto del mal uso de la riqueza (ver el evangelio del domingo pasado).
El relato comienza haciendo una cuidadosa descripción de un rico bien rico y un pobre bien pobre. Jesús, verdadero maestro en la construcción de un relato, diseña las contraposiciones extremas de los dos personajes. Invitamos a leerla con atención.
“Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas”
Un hombre que posee abundantes recursos económicos, se permite un estilo de vida suntuoso. Jesús lo describe así:
(1) “Era un hombre rico” (16,19ª). La mención es genérica, no se refiere a ninguno en particular, lo cual una invitación para que cada uno revise su conducta.
(2) “Vestía de púrpura y lino fino”. Se viste a la manera de los reyes y altos dignatarios, con ropas llamativas y del más alto precio. La ropa teñida de púrpura (del exótico molusco “múrex”, y el lino fino con conocidos en la Biblia como ropa de ocasiones solemnes. La forma verbal deja entender que no era una cuestión ocasional.
(3) “Celebraba todos los días espléndidas fiestas”. Ahora se dice de manera explícita que su conducta es habitual. Este rico se puede permitir ofrecer una fiesta cada día con opíparas comidas. El “espléndidamente” muestra la suntuosidad de sus fiestas y sugiere generosas inversiones. ¿A qué hora trabajaba? ¿De dónde salía el dinero? .
“20Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, 21deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llaga”.
La descripción del pobre es un poco más extensa y cuidadosa:
(1) “Y uno pobre, llamado Lázaro” (16,20ª). A diferencia del rico, el pobre tiene nombre (ver la interpretación patrística al final de estas pistas). El nombre Lázaro tiene una significación: el término hebreo La azar es una abreviación del azar, “Aquél a quien Dios ayuda”. El detalle vale la pena porque es el único caso en el que Jesús le pone nombre a un personaje en sus parábolas. El significado anotado apunta a la misericordia de Dios que piensa prioritariamente en el pobre. Además, Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia.