
Por Benjamín Barney Caldas
Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Univalle y la San Buenaventura y la Javeriana de Cali, y continua siéndolo en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en Caliescribe.com desde 2011.
Desde luego un verdadero POT, principiando por hacerlo sobre el área real de la ciudad y no apenas para la que corresponde al Municipio, y con la población verdadera, debería ser anterior a un plan vial, y este parte del mismo junto con el uso del suelo, las densidades y alturas, y el equipamiento urbano. Pero como la geografía manda sobre la historia, como nos ha enseñado Fernand Braudel (El Mediterráneo…, 1949) con POT o sin él, esta ciudad esta condenada a alargarse cada vez mas entre la Cordillera Occidental y el río Cauca, a menos que a un nuevo Goyeneche se le ocurra pavimentarlo (ya está el agua y la arena y apenas falta el cemento) si es elegido como presidente, y fue lo que ya se propuso en serio en los años 70 para el río Cali.
Y por supuesto una ciudad longitudinal como lo es Cali hoy en día, precisa de varias vías, de punta a punta, y que se puedan extender, y otras transversales de tanto en tanto, y la primera de aquellas debería ser por el corredor férreo junto con el tren, de superficie o si se quiere elevado, o los dos, vías locales laterales acompañadas de ciclovias y amplios andenes arborizados, y todo dentro de una alameda, que sería la mas larga del mundo y a lo largo de la cual estaría el nuevo equipamiento urbano de la ciudad. El problema es que el suelo aquí es propiedad del Estado lo que dificulta negociar con el, que es como el capitalismo se ha apoderado de las ciudades a través de sus infraestructuras (Manuel Herce: El negocio del territorio, 2013).
Sin embargo, este es un tema que debería interesar a todos los ciudadanos, desde los que no se bajan del carro hasta los que sólo se suben a el de vez en cuando, pasando por los motociclista, los ciclistas y desde luego los peatones que lo son todos así vayan en silla de ruedas. No importa si son santistas o uribistas pues los únicos acostumbrados a andar por el monte son los cabecillas de las FARC pero ya lo olvidaron después de tantos años en la Habana, mientras sus jóvenes militantes son reclutados en los pueblos y ciudades, en donde por supuesto caminan por en medio de sus calles, y no en el monte.
Pero mientras tanto nada impide regularizar al menos las vías existentes para que conserven el mismo numero de carriles a todo su largo y que estos sean del mismo ancho, dándole el área sobrante a los andenes. Igualmente se podría recuperar el doble sentido en las vías con separador que se dejaron con uno solo, solución que se abandonó en la Alemania Occidental con la caída del muro de Berlín, el último país europeo en usarla, por confusa y peligrosa para los peatones, junto con el cruce a la derecha “con cuidado” por lo mismo, pues pocos lo hacen o simplemente no pueden hacerlo con cuidado mientras lo peatones corren al ser enbestidos por los carros.
También se podrían dividir por la mitad los carriles derechos de las vías con mas de tres, para uso de motos y bicicletas, cada mitad, y para que se detengan los taxis y carros y cuando van a cruzar a la derecha, ya experimentada con éxito en la nueva ciudad de Ilac, y sincronizar los semáforos donde sea posible. Y en lugar de continuar dejando a cualquier particular hacer “policías acostados “ en la mitad de las cuadras y de cualquier manera, hacerlos como pasos pompeyanos en sus equinas, sirviendo así tanto para detener a los carros como para facilitar el cruce de los peatones. Pero al parecer de poco sirve repetir todo esto aquí y en la columna ¿Ciudad? de El País.
