
Por Jaime Andrés Sanclemente
Cuanto extraño ser un individuo. Ya sabe, eso de coger el bus donde yo quiera y bajarme donde me plazca. Eso de escoger cualquier ruta de Papagayo o Alameda, la que fuese menos llena. Eso de ser libre. Son las 5:30 de la mañana y me encuentro en la primera estación del sistema de transporte integrado MIO, junto con lo que ya es una multitud que se ha formado esperando la ruta T31. Jóvenes y adultos, ansiosos, observamos en el pequeño tablero electrónico de la estación los minutos que faltan para que llegue lo prometido. Ha sido una cola larga la que hemos tenido que hacer para llegar ahí, debido a que sólo hay una taquillera en la cabina de venta, y ahora de nuevo, aunque con más ansia, nos formamos junto a la puerta corrediza con la esperanza de alcanzar algún asiento. El tablero indica ahora “T31… 1 min” y ésa es de seguro la primera alegría del día para todos. Vana esperanza. El minuto anunciado parece extenderse cada vez más con el paso de los segundos, y boquiabiertos somos testigos de una alquimia prodigiosa e inusual, un fenómeno portentoso, un viaje en el tiempo: con sólo un parpadeo, el tablero ahora indica que faltan 10 minutos para el próximo T31.
"…me metí de golpe en esa mente fría y calculadora que es requisito para desempeñar todo puesto de alta gerencia en Metrocali."
¿Cuántas veces no ha pasado esto? Sólo recuerdo que la primera vez que pasó, yo, que siempre he sido un convencido del progreso, que me leí de cabo a rabo todas las cartillas informativas de Metrocali, que me hacía ya viviendo en la ciudad de Futurama, dudé de lo que veían mis ojos; era imposible que la buena gente de Metrocali jugara así conmigo, con nosotros. Pensé en las alternativas: o efectivamente habíamos viajado en el tiempo, o había sufrido un desmayo temporal al momento en el que el MIO había llegado. Cuando comprobé que ninguna de las alternativas era posible (ninguna alteración en el espacio-tiempo, ni ninguna condición neurológica que me permitiera desmayarme de pie) comprendí de golpe que el MIO no es un maravilloso pacto social de una comunidad que rescataba su pasado de ciudad cívica; no señores, el MIO es un monopolio calculado para sacarnos en el menor tiempo posible la mayor cantidad de dinero.
Ese día entendí de golpe cada una de las particularidades, de los detalles, que hacen parte del largo corredor del MIO. Entendí porque los buses deben irse llenos: así se gana más plata. También porque las rutas T son mucho menos rentables que las E. Entendí también la verdadera función de los tableros electrónicos: darle a la gente esa “ilusión de control” que evite protestas furiosas cuando la estación se vea repleta de usuarios rezagados. En fin, me metí de golpe en esa mente fría y calculadora que es requisito para desempeñar todo puesto de alta gerencia en Metrocali.

Luego de 12 minutos finalmente ha arribado una T31. Todos parecen olvidar su malestar con la urgencia de conseguir un asiento, o por lo menos un buen lugar donde pasar la siguiente hora. Así, lleno hasta las franjas amarillas, nuestra ruta inicia su recorrido. El dióxido de carbono que arroja la resignación de tantas almas me hace pensar en la peste bubónica que acabo con un tercio de la población europea en la edad media. La peste también fue transmitida por las ratas. En medio de tanto apretuje en donde mas de un pervertido y un ladrón podrán hacer su agosto, la gente se las arregla para decidir donde quedarse, en una operación que tarda minutos. Como en las buenas dictaduras, esta socialización obligada a la que se ven expuestos todos logra sacar lo peor de los individuos; traición, bajeza y colaboracionismo, todos los males resultantes de mantener a mucha gente muy junta durante periodos extensos.
Y como en las buenas dictaduras, el lenguaje es la primera victima. “el MIO es tuyo” dice la voz de una mujer por los parlantes del bus. Curioso. Ahora de nuevo me pierdo en mis propios pensamientos recordando como, en la novela de Orwell “1984” era el gran hermano el que anunciaba las nuevas torturas a cargo del “ministerio del amor”, o las nuevas mentiras propagadas por “el ministerio de la verdad”. La voz se repite con consejos anodinos que contienen la clara intención de ostentar un espíritu cívico y civilizador. Me detengo a observar los rostros que me rodean para encontrar en ellos algo rastro de humanidad civilizadora; todos parecen muy preocupados por defender el poco espacio personal que preserve la integridad de sus partes nobles.
Poco a poco y con la lentitud del caso, el drama parece acercarse a su fin. A través de una de las ventanas he podido observar como muchos no logran entrar a este bus tan lleno, incluso con la habilidad para escurrirse del último afortunado que logro entrar. En una de las estaciones del centro un hombre ciego, ayudado por uno de los acomodadores del MIO, espero durante minutos que alguien le cediese el puesto; como judíos famélicos en un campo de concentración, ya nadie parecía pertenecer a algo llamado comunidad. El acomodador ardía de hipócrita indignación; bien hubiese podido gritar “a ver maloliente hato bovino, manada de micos trepados, sean humanos y denle un asiento al cieguito”. Pero es inútil pedir algún rastro de humanidad a quienes hemos venido siendo tratandos como animales.
Salgo finalmente del sistema (“sistema” nunca fue mas apropiado) y siento ya el cansancio de toda la jornada laboral sin haberla iniciado. En la oficina me duermo un rato y sueño que voy en un Alameda, de los que podía coger antes para ir al trabajo. Idealizo el pasado, lo sé; por culpa de gente como yo es que este país no progresa…

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