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Nuestra vocación a vivir para siempre

Héctor de los Ríos, 10 November, 2019
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

San Lucas 20, 27-38: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos»

El tema de esta liturgia es la resurrección de los muertos. La Palabra, en este Domingo (32 del tiempo ordinario), viene a dar respuesta a nuestra ansia de vivir por siempre, para que nos reencontremos con el sentido de la vida.

Cuando nos abruman tantos problemas –especialmente a los adolescentes y a los jóvenes- la Palabra nos invita a encontrar al Dios que «resucitó a Jesús de entre los muertos», para que en la humanidad de Jesús glorificado brille para todo ser humano la esperanza de una feliz resurrección.

Destinados a la Vida

Lo principal que nos dice la página del evangelio de hoy es que Dios «no es Dios de muertos, sino de vivos». Que nos tiene destinados a la vida. Es una convicción gozosa que haremos bien en recordar siempre, no sólo cuando se nos muere una persona querida o pensamos en nuestra propia muerte. La muerte es un misterio, también para nosotros. Pero queda iluminada por la afirmación de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí no morirá para siempre». No sabemos cómo, pero estamos destinados a vivir, a vivir con Dios, participando de la vida pascual de Cristo, nuestro Hermano.

Esa existencia definitiva, hacia la que somos invitados a pasar en el momento de la muerte («la vida de los que en ti creemos no termina, se transforma»), tiene unas leyes muy particulares, distintas de las que rigen en este modo de vivir que tenemos ahora. Porque estaremos en una vida que no tendrá ya miedo a la muerte y no necesitará de la dinámica de la procreación para asegurar la continuidad de la raza humana. Es ya la vida definitiva. Jesús nos ha asegurado, a los que participamos de su Eucaristía: «El que me come, tendrá vida eterna, yo le resucitaré el último día».

Repensar la fe

Es verdad que sobre la otra vida, sobre la resurrección, debemos aprender muchas cosas y, sobre todo, debemos «repensar» con radicalidad este gran misterio de la vida cristiana. No podemos hacer afirmaciones y proclamar tópicos como si nada hubiera cambiado en la teología y en la cultura actual. Jesús, en su enfrentamiento con los saduceos, no solamente se permite desmontarles su ideología cerrada y tradicional, materialista y «atea» en cierta forma. También corrige la mentalidad de los fariseos que pensaban que en la otra vida todo debía ser como en ésta o algo parecido.

Debemos estar abiertos a no especular con que la resurrección tiene que ocurrir al final de los tiempos y a que se junten las cenizas de millones y millones de seres. Debemos estar abiertos que creer en la resurrección como un don de Dios, como un regalo, como el final de su obra creadora en nosotros, no después de toda una eternidad, de años sin sentido, sino en el mismo momento de la muerte.

Y debemos estar abiertos a «repensar», como Jesús nos enseña en este episodio, que nuestra vida debe ser muy distinta a ésta que tanto nos seduce, aunque seamos las mismas personas, nosotros mismos, los que hemos de ser resucitados y no otros. Debemos, a la vez, «repensar» cómo debemos relacionarnos con nuestros seres queridos que ya no están con nosotros y hacer del cristianismo una religión coherente con la posibilidad de una vida después de la muerte.

Y esto, desde luego, no habrá teoría científica que lo pueda explicar. Será la fe, precisamente la fe, lo que le faltaba a los saduceos, el gran reto a nuestra cultura y a nuestra mentalidad deshumanizada. No seremos, de verdad, lo que debemos de ser hasta que no sepamos pasar por la muerte como el verdadero nacimiento. Si negamos la resurrección, negamos a nuestro Dios, al Dios de Jesús que es un Dios de vivos y que da la vida verdadera en la verdadera muerte.

Construir el mundo nuevo

Nunca meditaremos lo suficiente en toda la amplitud de nuestro compromiso cristiano. Vivimos al día nuestra fe, con un recuerdo, a veces vago y lejano, del Señor. No abarcamos toda la hondura que ella contiene. Incluso llegamos quizás a seleccionar prácticas que nos parecen menos comprometedoras, o doctrinas que se nos hacen más asequibles. Nuestro compromiso es el de construir desde ahora ese mundo nuevo que nos espera. Para ello debemos pasar por el mundo dejando huella de nuestro compromiso cristiano en él. Como cristianos vivimos el mismo mundo que todos viven, pero llevamos la carga de una misión y de una esperanza que desborda el tiempo y nos lleva al misterio de Dios. Que todos terminemos en él.

Respeto a la vida

En nuestra situación actual, dominada por una «cultura de muerte», con un desprecio preocupante de la vida, la fe cristiana afirma, protege y defiende el carácter sagrado de la vida, como realidad que tiene en Dios su origen, y que es, constantemente, la manifestación de su presencia en el mundo. Especialmente la vida humana, llamada a vivir por siempre en la contemplación transformadora («al despertar me saciaré de tu semblante») sin limitación alguna de las que impone la vida presente, incluso las más inherentes a la obra misma de Dios («en la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir»).

Subrayamos este canto a la vida en lo que es más fundamental y referirlo a la última afirmación del Credo: «esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». También habría que sacar de ello las consecuencias sobre el respeto que toda vida humana merece, en todo momento y situación, desde que es concebida hasta que Dios nos llama «a su presencia».

Relación con la Eucaristía

La Eucaristía, que es ya comunión con Cristo, es la garantía y el anticipo de esa vida nueva a la que él ya ha entrado, al igual que su Madre, María, y los bienaventurados que gozan de él. La muerte no es nuestro destino. Estamos invitados a la plenitud de la vida. La Eucaristía es la actualización del Misterio Pascual de Jesucristo: en ella «Anunciamos su Muerte, proclamamos su Resurrección y esperamos su Venida gloriosa». – La Iglesia celebra la Eucaristía porque tiene la plena convicción de que el Señor vive y está realmente presente, actual y actuante en su vida y en el mundo. Por eso, en la celebración de la Eucaristía renovamos nuestra fe en la Resurrección y se fortalece nuestra esperanza de la Vida Eterna.a

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