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ASCENSION DEL SEÑOR: Misión universal

Héctor de los Ríos, 23 May, 2020
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

 

Evangelio: san Mateo. 28, 16-20: «Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo»

La Ascensión es como el desarrollo del acontecimiento de la Pascua, su plenitud, que todavía «madurará» más con el envío del Espíritu. Pascua, Ascensión y Pentecostés no son unos hechos aislados, sucesivos, que conmemoramos con la oportuna fiesta anual. Son un único y dinámico movimiento de salvación que ha sucedido en Cristo, nuestra Cabeza, y que se nos va comunicando en la celebración pascual de cada año. Se pueden leer con provecho los números que el Catecismo dedica a la Ascensión del Señor: CIC. 659-667.

– En Pascua se nos reveló con luz total el nuevo rostro de Dios: el Padre que da vida sin limitaciones (ni siquiera la muerte lo detiene); por eso la Comunidad cristiana aprendió a llamarlo Padre todopoderoso. – En la Ascensión se nos reveló el nuevo modelo humano: el Hijo del Hombre glorificado (la cumbre de lo humano, el paradigma de la raza humana).

– En Pentecostés se nos revela el nuevo ideal de convivencia humana: el reino universal de Dios, la Comunidad humana abierta a todos los seres humanos, por encima de sus fronteras geográficas, étnicas o religiosas.

Invitación al éxtasis

Cuentan que a una tribu de indios, los Tasaday, en Filipinas, les podía faltar por mucho tiempo cuchillos, o lanzas, o arcos. Pero nunca les faltaba «éxtasis». Esta palabra, derivada del latín, significa «subir más allá de lo real y ordinario». Es cierto, nadie puede vivir sin esperanza de algo futuro y mejor. Por esta razón amamos, trabajamos, luchamos. Por esta razón creemos. La fe cristiana es por lo tanto una invitación al éxtasis. Hacia allá nos empuja la virtud de la esperanza. ¿Quién no aspira a un lugar donde no haya muerte, ni luto, ni llanto, ni fatigas, como dice el Apocalipsis? Cuando celebramos bien nuestra liturgia ¿no ensayamos un poco a ese éxtasis que sólo tendrá su plenitud después de la muerte?

Porque creer sin esperar sería un ejercicio demasiado oneroso. Porque amar a Dios incluye, irremediablemente, una tendencia a gozar de su eterna compañía. Los discípulos del Señor abandonaron muchas cosas para escuchar su Palabra y ser testigos de sus milagros. Pero su generosidad no excluía algo más. El premio que el mismo Jesús ofreció muchas veces: «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna».

No es hora de estar desconcertados, mirando hacia las nubes, como los apóstoles después de la Ascensión. Es hora de construir nuestra Iglesia, con toda la fuerza de nuestra convicción y todo el dinamismo de nuestra esperanza.

Dios con nosotros

El evangelio de san Mateo empezó con el anuncio de la encarnación del Hijo de Dios como el Emmanuel, el Dios con nosotros, y termina con esta misma palabra que nos asegura su presencia siempre viva. Tenemos que saberlo encontrar en su Palabra presente en las Sagradas Escrituras; en los Sacramentos que son sus acciones salvadoras hoy por medio de signos, en la Iglesia que es su cuerpo viviente en el mundo, en nuestra propia y personal historia si sabemos leer su presencia misteriosa en todos los momentos de nuestra vida, en la historia del mundo que nos toca vivir. El triunfo de Jesús es nuestro mejor motivo de alegría. Su presencia permanente con nosotros despierta nuestra esperanza. Esta certeza nos hace mirar el futuro con optimismo: vamos a salir de esta pandemia reanimados em el espíritu y convencidos de que vamos a mejorar nuestra vida personal, familiar, social, porque Jesucristo, «Dios con nosotros» encabeza nuestro camino y nos invita también a mirar hacia delante.

ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?

Señor Jesús, que tu Iglesia cumpla con fidelidad su Misión de escuchar y anunciar tu Palabra y la manifieste con su testimonio. Que todos nosotros, sintiéndonos miembros activos de la Comunidad Cristiana, anunciemos el Evangelio en nuestros ambientes con decisión y firmeza.

Que, aceptando la Misión que Tú nos ofreces, la llevemos a buen término en palabras y obras. Tú, Señor, eres nuestra gloria y nuestro orgullo. Nuestras manos son para aplaudirte y nuestra boca para alabarte; nuestros pies son para buscarte y nuestro corazón para amarte. – Nuestros días son para agradarte y nuestras noches son para soñarte. Nuestra vida es para servirte y nuestra eternidad para gozarte.

Acepta, Dios nuestro, nuestra ofrenda como supremo homenaje hacia Tí, – Señor y Dueño de todo el universo. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

¿QUÉ NOS DICE la PALABRA?  En medio, la Eucaristía

Esta Comunidad que camina en tensión escatológica, entre la Ascensión y la vuelta definitiva de Jesús, concentra su vivencia de fe en la Eucaristía: «cada vez que comen… proclaman la muerte del Señor hasta que vuelva» (1Co. 11,26). – En la Eucaristía es donde más concretamente «experimentamos», desde la fe, la presencia viva del Resucitado: en la Comunidad, en el presidente que es su imagen personal, en la proclamación de la Palabra, y sobre todo en la mesa eucarística, en la que participamos del Cuerpo y Sangre de ese Cristo que ha vencido a la muerte y nos comunica cada vez su vida de Resucitado como garantía y prenda de nuestra futura resurrección y vida plena.

Este día de la Ascensión se celebra la 54ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En su mensaje, el Santo Padre flexiona sobre la narración, sobre la importancia de las historias en la vida de los hombres. Por ello, esta edición de la Jornada se desarrollará bajo el tema “Para que puedas contar y grabar en la memoria. La vida se hace historia”. El Pontífice señala en el mensaje de esta edición que “para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos”.

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