
Por Benjamín Barney Caldas
Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Univalle y la San Buenaventura y la Javeriana de Cali, y continua siéndolo en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en Caliescribe.com desde 2011.
Las ciudades son un sistema y cuando crecen mucho su desorden aumenta, sobre todo cuando lo hacen muy rápido como es el caso de Cali. En muchas de las ciudades colombianas es ya lo que las identifica, como el caos vial, o lo que lleva a tragedias como la de Mocoa o la más reciente de Manizales. Y ni se diga lo que pasaría en Cali si en 80% de la ciudad se queda sin agua potable en el caso de que se rompa el jarillón antes de que terminen de reforzarlo, de lo que se viene advirtiendo repetidamente en esta columna, y lo mismo ante la eventualidad de un temblor fuerte.
Pero hay un tema de este desorden, quizás peor, al que no se le da importancia casi importancia, que es el de la imagen urbana, y lo que esta representa para la convivencia de los ciudadanos y en ultimas para su mejor calidad de vida incluyendo su seguridad. Es el conjunto de edificios, calles, monumentos, plazas y parques, que conforman una ciudad y los ríos, montañas, lagos, que conforma su paisaje. Imagen urbana no se refiere únicamente a la imagen visual que tenemos (postales, revistas, televisión) sino también a la que se crea en la vida cotidiana de sus habitantes.
Kevin Lynch en La imagen de la ciudad, 1960, clasificó como sendas aquellas calles, vías o senderos por los cuales se moviliza la gente, en vehículo o caminando. Nombró bordes aquellos elementos que delimitan áreas, y límites a los que impiden transportarse de un lugar a otro. Con barrios o distritos, de dimensiones grandes o medianas, se refería a zonas que tenían características similares. Nodos, los puntos estratégicos de la ciudad, o los cruces o convergencias de sendas. Y los hitos son los puntos de referencia impactantes al visualizarlos.
Todos estos elementos, juntos, son los que permiten a los ciudadanos reconocer su casa, su calle, su barrio, su sector y, finalmente, su ciudad. Cuando de pronto cambian, como sucede en ciudades que crecen muy rápido o, peor, cuando se los elimina, como justamente viene sucediendo en Cali desde los VI Juegos Panamericanos en 1971, lleva a que la gente se sienta perdida, con la sensación de inseguridad o incertidumbre que esto comporta o, eventualmente, a la inseguridad misma. Y por supuesto a la perdida de los antiguos lazos de vecindad.
Se trata, pues, de la tendencia que tiene cualquier cosa ordenada a hacerse más desordenada con el paso del tiempo. Entropía que también aplica a las ciudades, pues, sobre todo en el caso de nuestras ciudades coloniales, no es posible afirmar que nunca fueron ordenadas; todo lo contrario: sus calles, sus bordes, sus límites, sus barrios, sus sectores, sus nodos y sus hitos estaban claramente ordenados. Es lo que habría que hacer en nuestras grandes ciudades actuales, pero por sectores; ciudades dentro de la ciudad como tanto se ha insistido en esta columna.
La propiedad privada del suelo hay que controlarla con su plusvalía; y la obsolescencia permitida a sus construcciones, y el consumismo de las nuevas, denunciado por el periodista y escritor Eduardo Galeano (El imperio del consumo, 2005), hay que detenerlos. Lo construido es una inversión económica y de agua y energía, y se puede remodelar agregando pisos para re densificar, y haciéndolo bioclimático y no contaminante, usando la plusvalía de construcciones en altura, en los grandes vacíos existentes, para que no se extiendan más los servicios y recorridos, haciendo las ciudades más sostenibles y respetables de su contexto.
