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Los leprosos de nuestro tiempo

Héctor de los Ríos, 14 February, 2021
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

 

Durante casi toda la historia de la humanidad y hasta nuestros tiempos, la lepra (término genérico extensible a la mayor parte de las enfermedades de la piel) ha sido un azote enormemente temido. La medicina moderna prácticamente la ha eliminado del mundo o, al menos, la ha controlado suficientemente para que no constituya un temor angustioso.

LECTURAS: 6º Domingo del tiempo ordinario

Levítico 13,1-2.44-46: «Mientras le dure la afección seguirá impuro»

Salmo 32(31): «Tú eres mi refugio»

1Corintios 10,31 – 11,1: «No sean motivo de escándalo ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios»

San Marcos 1,40-45: «Si quieres, puedes sanarme… Lo quiero, queda sano»

Doble mensaje

Un doble mensaje da Marcos a las comunidades de su tiempo y a todos nosotros es éste: – a) Anunciar la Buena Nueva es dar testimonio de la experiencia concreta que se tiene de Jesús. El leproso, ¿qué anuncia? Cuenta a los demás el bien que Jesús le ha hecho. ¡Sólo esto! ¡Todo esto! Y este testimonio lleva a los demás a aceptar la Buena Nueva de Dios que Jesús nos trajo. – b) Para llevar la Buena Nueva de Dios a la gente, no hay que tener miedo de «transgredir» las normas religiosas que son contrarias al proyecto de Dios y que dificultan la comunicación, el diálogo y la vivencia del amor. Aunque esto conlleve dificultades para la gente, como lo fue para Jesús.

Los leprosos de nuestro tiempo y nuestro corazón enfermo

El leproso es el símbolo de todos los excluidos del mundo, de todos los despreciados, marginados, perseguidos. Es cierto que hoy la lepra es una enfermedad controlada y curable. Pero hemos fabricado otro tipo de leprosos: el que tiene una enfermedad contagiosa, el drogadicto, el alcohólico, el transeúnte, el emigrante, el que es de otra raza o de otra religión, o de otra cultura. El anciano que «ya no sirve para nada». Y a ellos, los nuevos leprosos, los excluimos, los marginamos, les despreciamos, les perseguimos y si es necesario hasta con violencia y los exterminamos… No les ofrecemos trabajo, ni ayuda, ni respetamos su dignidad.

¿Quién es el leproso hoy? En primer lugar cada uno de nosotros. Todo cuanto nos aleja de Dios y de los hermanos nos pone en condición de marginados aunque físicamente estemos presentes. Somos nosotros mismos quienes nos excluimos de la asamblea cristiana, del recinto donde viven nuestros hermanos en la fe. El único camino para salir de allí es encontrar a Cristo y decirle desde lo hondo del corazón que nos transforme a su imagen.

Pero también hay en nuestra sociedad cantidad de hermanos marginados. Con una palabra terriblemente dolorosa los llamamos incluso «desechables». Quizás los rehuimos al encontrarlos en nuestro camino. Un pueblo que cree en Jesucristo y lo ama no puede vivir tranquilo en esa situación. Como Jesús, nos es preciso ir hacia ellos ,encontrarlos, conducirlos de nuevo, de manera digna, al seno de la sociedad y de la Iglesia de Jesucristo donde tienen derecho a participar. Es la primera misión de Jesús: integrarnos a todos en comunidad de Iglesia. Nuestro primer deber y nuestro primordial anhelo debe ser que todos seamos una sola familia, la de Dios, la de Jesucristo, el Señor.

Esos comportamientos, que son los mismos que se daban en tiempos de Jesús, ponen de manifiesto otro asunto más importante: nos comportamos así porque también nuestro corazón está enfermo, quizá de enfermedades incurables, que son nuestra lepra. Está enfermo de egoísmo, ambiciones, envidias, rencores, orgullo y engreimiento, que nos hace creernos puros e incontaminados. Todas nuestras pasiones mas inconfesables que a veces dejamos escapar.

¿Qué debemos hacer?

En primer lugar mirar el fondo de nuestro corazón. Reconocer cuantas cosas necesitan ser curadas y ponernos delante del Señor con la misma humildad y la misma confianza que el leproso y decirle: Si quieres, puedes limpiarme… Y esperar del Señor que su misericordia sane nuestro corazón. – En segundo lugar, trabajar para que nuestro corazón tenga los mismos sentimientos de Jesús y, fijándonos en su comportamiento como ejemplo, hagamos nosotros lo mismo, procuremos actuar de la misma manera, cambiando nuestro modo de pensar y nuestros comportamientos. Como fruto de nuestra reflexión a la luz de la Palabra y en el contexto de una constante preocupación contra el hambre, han de brotar de cada uno de nosotros resoluciones firmes y comprometidas en la línea de exigencia cristiana, ya que afectan a la justicia y a la caridad.

Sólo los comprometidos en la lucha contra el mal saben que todo pecado es una negación de amor a los hombres, que son amados por Dios y que nos piden una respuesta. No sólo hacer el mal es pecado, hoy lo es sobre todo dejar de hacer el bien. Nosotros no somos inocentes. Sabemos que no damos lo que podemos y que a veces somos fuente de dolor para los otros. Nos sentimos también inclinados a afirmar nuestra vida con un sentido egoísta, con un lamentable olvido del compromiso cristiano en su lucha contra el pecado. Pidamos humildemente perdón a Dios.

«Pueden ustedes haber cometido tantos pecados mortales como hojas hay en los árboles y en todos los bosques y tantos como briznas de hierba en todas las praderas y gotas de agua en todos los mares y granos de arena en las playas… Si tienen arrepentimiento y el firme propósito, tan pronto como ustedes reciban la absolución, todos sus pecados son perdonados y están como si nunca hubieran cometido el pecado. El buen Dios los ha olvidado» (San Juan -Marie Vianney, Cura de Ars)

Nuestro compromiso hoy

Seria indigno de nuestra condición de cristianos que ignorásemos -ni teórica ni prácticamente- la real situación de infrahumanidad en la que viven muchos millones de nuestros semejantes, excluídos, marginados de lo más elemental para vivir: ellos pueden ser los leprosos de nuestro tiempo. Es verdad que no está en nuestras manos tomar decisiones radicales que cambien esta situación; pero también es verdad: que podemos vivir con más austeridad: que podemos compartir mucho más de lo que lo hacemos; que debemos reflexionar en cuales de estas realidades podemos cambiar nosotros.

Comencemos por querer cambiar nuestro corazón; por pedirle al Señor que nos cure la lepra, la avaricia, la tacañería de nuestro corazón, porque si empezamos cambiando nosotros, algo de nuestro entorno, y por tanto del mundo entero, podrá empezar a cambiar; y tengamos la valentía de denunciar aquellas situaciones injustas que conocemos, porque nadie nos podrá quitar la fuerza de nuestra palabra.

Que el Señor tenga misericordia de nosotros; que cambie nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, sensible a las necesidades y al sufrimiento de nuestros hermanos; y que siempre creamos que otro mundo es posible y luchemos por él.

Relación con la Eucaristía

En la Eucaristía que vamos a celebrar pidamos al Señor que alivie la situación de los pueblos hambrientos del Tercer Mundo y encomendemos a cuantos trabajan esforzadamente en esta tarea gigantesca de liberación, y pidamos también por todos los culpables, directos o indirectos, de este pecado «que clama al cielo», para que el Señor nos conceda a todos la gracia del arrepentimiento y de la conversión.

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