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“Miren: La Virgen concebirá un hijo…”

Héctor de los Ríos, 17 December, 2022

P. Héctor De los Ríos L.

VIDA NUEVA

Hace más de 2700 años, en tiempos del rey Ajaz, la situación del reino de Judá era muy complicada. Estaba en peligro la dinastía davídica. Ante tal situación, por medio del profeta Isaías, Dios le anunció a Ajaz que na joven Virgen iba a dar a luz a un Niño que se llamará Enmanuel. Es un anuncio del Mesías.

En la proclamación del salmo 23 afirmamos que ese Niño que va a nacer es el Rey de la gloria y que, si queremos acogerle en nuestra vida, debemos tener un corazón puro e inocente.

A continuación, en el comienzo de la carta a los cristianos de Roma, san Pablo afirma que el Evangelio que él nos predica hace referencia a aquel descendiente de David, pues Él es el Hijo de Dios, Jesucristo, nuestro Señor.

Por último, san Mateo nos narra cómo, en efecto, se cumplirá lo que Dios le anunció al rey Ajaz: una joven Virgen ‒llamada María‒ dará a luz a Enmanuel, es decir, a «Dios-con-nosotros».

LECTURAS:

Lectura del libro de Isaías 7, 10-14: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel».

Sal 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 R/. “Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria”

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1, 1-7: “–y se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu …”

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24:

«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-osotros”».

Reflexión del Evangelio de hoy

El rey Ajaz era descendiente de David. Como sus antecesores, había sido ungido sacramentalmente para que desempeñase bien su reinado, siendo fiel a Dios, que era el verdadero Rey de Judá. Pero Ajaz no le era fiel. Ciertamente, era un pésimo gobernante. Además, sabía que fácilmente podía perder su reino, porque estaba en una situación muy delicada ante el creciente poder de Asiria (que deseaba hacerse con el control de Oriente Próximo) y el de sus dos oponentes: Siria y Efraín.

El reino de Judá era pequeño y pobre, y poco podía hacer por sí solo para oponerse a esos otros reinos. Todos ellos deseaban reemplazar a Ajaz en el trono de Judá para poner en su lugar a un gobernante vasallo que les apoyara. Por eso la dinastía de David se hallaba en una situación muy delicada. Todo hacía presagiar que, antes o después, de un modo u otro, Ajaz sería eliminado y, de esa forma, acabaría la sagrada dinastía que el mismo Dios constituyó en tiempos de David, más de doscientos años atrás.

Pero Dios, por medio del profeta Isaías, le prometió a Ajaz que su dinastía iba a continuar. Es así como comienza el texto del libro de Isaías que hemos escuchado, cuando el propio Dios anima a Ajaz a pedirle una señal que le haga ver que su promesa se cumplirá. Sin embargo, Ajaz se negó a pedir una señal a Dios, no porque no quisiera tentarle, sino porque no le interesaba lo que Dios le pudiera decir. Daba igual la señal que Dios le diese: Ajaz no se fiaba de Él. Y entonces Isaías, hablando en nombre de Dios, le anunció el nacimiento del Mesías, aquel que llevaría a su plenitud la dinastía davídica, el Hijo de Dios.

Aquello pasó siete siglos antes del cumplimiento de esta promesa. Pero lo que nos narra el pasaje evangélico que acabamos de escuchar ocurrió sólo unos meses antes. Como Ajaz, el bueno de José tenía sus propios planes. Era un humilde carpintero de Galilea. Hacía poco que se había desposado con una joven campesina llamada María, aunque todavía no vivían juntos. Pero, sorprendido y consternado, descubrió que aquella joven se había quedado embarazada. Sin embargo, en lugar de dejarse llevar por la ira, denunciándola ante las autoridades, tuvo compasión de ella y decidió repudiarla en secreto. Entonces, como pasó con Ajaz, Dios habló con José para comunicarle sus planes salvíficos, los cuales estaban a punto de cumplirse. Y José, a diferencia de Ajaz, confió totalmente en Dios. Es más, podemos imaginar el alivio que José sintió cuando en sueños el ángel le comunicó que María no era una pecadora sino todo lo contrario, pues había aceptado ser la Madre de Dios.

Nosotros, como Ajaz y José, somos hijos de Dios. Y, como ellos, estamos invitados a aceptar su plan salvífico, en el cual es fundamental la Encarnación del Mesías en este mundo. Por eso, si queremos formar parte de este plan, es necesario que aceptemos en nuestro corazón que el mismísimo Hijo de Dios se encarnó en este mundo y habitó entre nosotros.

El apóstol san Pablo, en su proceso de conversión, cuando pasó de ser un perseguidor de la Iglesia a ser uno de sus apóstoles, aceptó plenamente el plan salvífico de Dios, integrando en su propia vida la Encarnación del Mesías. Por eso, cuando escribe a la comunidad cristiana de Roma, afirma que el Evangelio que él predica se refiere al«nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor».

Dentro de unos pocos días celebraremos la Navidad. Pues bien, si queremos vivirla realmente, cada uno de nosotros debemos ahora meditar lo que realmente significa que Dios tenga un plan salvífico para nuestra vida, para nuestra familia y para nuestra comunidad. Y debemos ser muy conscientes de que en ese plan es fundamental la Encarnación de Jesucristo.

Al rey Ajaz le trajo sin cuidado el anuncio de la Encarnación, porque era un egoísta. En cambio, a José le cambió totalmente la vida, pues optó por actuar según la voluntad de Dios, en consonancia con su plan salvífico.

Como hubiera hecho Ajaz, ¿voy a dejar que esta fiesta de Navidad pase superficialmente, sin transformar mi vida? O, como hizo José, ¿voy a escuchar lo que Dios me comunica por medio de su Palabra y voy a actuar según su voluntad, acogiendo a Jesús en mi corazón?

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