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Porque me has visto has creído

Porque me has visto has creído

Héctor de los Ríos, 22 April, 2017

P. Héctor De los Rios L.

Vida Nueva

 (Juan 20,19-31)

II Semana del Tiempo de Pascua – 23 de abril de 2017

 Este Evangelio se lee todos los años en el segundo domingo de Pascua: se suele recordar como el Evangelio de la incredulidad del apóstol Santo Tomás.

El motivo que lleva a vincular tan estrechamente este Evangelio con este domingo es que el episodio que relata está cronológicmente fijado ocho días después de la resurrección del Señor, es decir, en un día como hoy. En efecto, el Evangelio relata dos apariciones de Jesús a sus apóstoles: la primera ocurre “en la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado”, es decir, el mismo día de la resurrec­ción del Señor, ocasión en que no estaba Tomás; la segunda ocurre “ocho días después” y esta vez estaba presente Tomás.

Como suele ocurrir en San Juan, sus textos son inagotables y están llenos de sugerencias y evocaciones. Es imposible agotarlos en un breve comentario; es necesario optar por un aspecto. Esta vez analizaremos el aspecto de la fe de Tomás.

Cuando los apóstoles dijeron a Tomás: “Hemos visto al Señor”, él ciertamente creyó que habían tenido una aparición de algún ser trascendente; pero que éste fuera el mismo Jesús que él vio crucificado y muerto, eso era más que lo que podía aceptar. Seguramente en esa primera aparición de Jesús crucificado, los mismos apóstoles que allí estaban creyeron estar viendo un fantasma como lo atestigua Lucas: “Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: … Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo. Y diciendo esto les mostró las manos y los pies”. Después de esta experiencia, en que habían palpado al Señor resucitado, habían verificado que tenía carne y huesos y habían examinado sus manos y sus pies, los apóstoles podían asegurar a Tomás: “Hemos visto al Señor”.

Pero también Tomás necesitaba ver para verificar la identidad del aparecido con Jesús: “Si no veo en sus manos el signo de los clavos y no meto el dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. ¿”No creeré” qué cosa? Que el mismo que estaba muerto ahora está vivo. Para aceptar esto Tomás necesitó ver al Señor resucita­do y examinar el signo de los clavos. Pero una vez que vio esto, Tomás tuvo un acto de fe que trasciende infinitamente lo que vio y verificó.  Por eso exclama: “Señor mio y Dios mio”. Tomás vio a Jesús resucitado y lo reconoció como a su Dios. Su acto de fe va mucho más allá de lo que vio. Vio a un hombre y confesó a Dios. No pudo ver a Dios, pues “a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado”. En ese momento Tomás creyó y, en ese mismo acto de fe, comprendió la identidad de Jesús, que es expresada por el mismo San Juan en la conclu­sión de su primera carta: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo: éste es el Dios verdadero y la Vida eterna” (1Juan 5,20).

La resurrección de Jesús fue para Tomás un “signo” que lo llevó a la plenitud de la fe. Por eso Jesús dice: “Porque me has visto has creído”. No es que el “signo” sea causa de la fe. La fe permanece un don gratuito de Dios, que El concede libremente; pero Dios quiere concederla con ocasión de algo que se ve, de algo que opera como signo. La fe de Tomás fue tan firme, que lo llevó a dar testimonio de Cristo con el martirio. Por eso no conviene apresurarse en atribuirse la bienaventuranza de Jesús: “Bienaventurados los que sin ver han creído”. Es cierto que nosotros no hemos visto a Jesús resucitado; pero no está dicho que “hayamos creído” en Cristo resucitado tanto como Tomás.

Sin embargo, es verdad que allí estamos implicados nosotros, pues por la bondad divina ocurrió que Tomás estu­viera ausen­te, dudara y exigiera verificar la resurrección de Cristo, palpando sus heridas. También hoy ofrece Dios signos que deben despertar la fe en nosotros. El más evidente de ellos es la existencia de la Iglesia; ella misma es un signo magnífico para suscitar en nosotros la fe. Así lo declara el Concilio Vaticano I: “La Iglesia por sí misma, es decir, por su admirable propagación, por su eximia santidad e inexhausta fecundidad en toda suerte de bienes, por su unidad católica y por su invicta estabili­dad, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefutable de la divina legación”.

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