Por Luis Hernán Ocampo G.
Fotografía: Julián Garzón EF Valle
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Imagen de la olla del Barrio Sucre |
En mayo de 2013, la Policía Nacional destacaba el éxito de la operación desarrollada para cumplirle al Presidente, la orden que había impartido para desmantelar “ollas” de vicio como el Bronx en Bogotá, Barbacoas en Medellin y el Calvario en Cali en 60 días. 3 años después nos encontramos con que la tal olla del Bronx no solo no fue desmantelada, sino que se volvió un sitio aún más temido, donde los nuevos capos del microtráfico convirtieron el lugar en el propio infierno, como lo señalaron los propios habitantes de calle drogodependientes que allí vivían.
La expansión económica del microtráfico de drogas en las grandes urbes colombianas, ha generado un indeseable modelo urbano consistente en profundizar la degradación de los sectores más antiguos de los centros urbanos de nuestras grandes ciudades, convirtiendo edificios y casonas antiguas abandonadas en sitios inaccesibles para la institucionalidad Estatal. Ejércitos de seres humanos caídos en la desgracia de la adicción a las drogas, llegan allí a conseguir y consumir su dosis con cualquier cosa de algún valor que hayan conseguido lícita o ilícitamente o con su propio cuerpo a través de prostituirse.
La receta promovida por el Gobierno Nacional de practicar Mega allanamientos coordinados interinstitucionalmente entre varias agencias estatales, que buscan vender la idea de que se le está dando un tratamiento integral a la problemática de estas ollas de vicio, fracasó.
Como resultado, la mayoría de estas zonas siguen siendo plazas del microtráfico, o se han movido unas cuadras más allá de donde se hizo la intervención como pasó con Barbacoas en Medellín hace 3 años, que hoy luce como un lugar más habitable con las paredes pintadas con bonitos grafitis, y donde han llegado a vivir nuevas familias, pero cuyos niños tienen que salir a jugar en medio del tránsito de los habitantes de calle drogodependientes que deambulan alrededor de la nueva olla de vició que se formó a pocas cuadras.

Imagen de la olla del Barrio el Calvario
Desde el Gobierno Nacional y las administraciones locales no se ha comprendido que el problema de estos sitios no es solo represivo, pero tampoco únicamente de asistencialismo a la pobreza como quieren hacer ver algunos analistas quienes profesan que el problema de los adictos se soluciona dándoles comida, baño y un puesto de trabajo, como si todos los adictos ex estudiantes de colegio y universitarios, ex padres y madres de familia que vimos esta semana en los noticieros llegaran a estas ollas por un problema de pobreza.
Como pudimos ver, buena parte de estas personas sufren la grave enfermedad pública en que se ha convertido la adicción a drogas como el bazuco, y cuando pasan horas sin consumir, comienzan a sufrir síndrome de abstinencia, que se manifiesta en grave ansiedad que los impulsa a hacer lo que sea por conseguir un dosis de bazuco, tal como lo mostró una nota de prensa http://goo.gl/jy7Z9n.
Hace dos años, 5 Nobel de economía: Kenneth Arrow (1972), Thomas Schelling (2005), Vernon Smith (2002), Sir Christopher Pissarides (2010), y Oliver Williamson (2009), suscribieron el documento “Acabando con la guerra contra las drogas” http://goo.gl/LxVhGp. En este documento explican cómo pese a los incrementos en el gasto global para la fiscalización de las drogas, la evidencia muestra que los precios de las drogas han venido declinando mientras que la pureza de las sustancias se ha ido incrementando.
Frente a esta realidad social y económica, los Nobel proponen un plan de acción basado en una legalización controlada monopolizada por el Estado, preferiblemente manejada por organizaciones sin ánimo de lucro, para evitar las consecuencias indeseadas de una promoción publicitaria exacerbada como se vio con las industrias de licores y tabacaleras.
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Imagen de la olla del Barrio Sucre |
El debate está abierto y falta mucho tiempo para llegar a un escenario de legalización, sin embargo, la lección que deja para las administraciones locales el estudio de los novel y los negativos resultados de la “guerra a las ollas” de estos 3 años, es que el problema de los drogodependientes se debe tratar como un problema de salud pública y en consecuencia los escasos recursos públicos se deben dirigir a campañas de prevención y tratamiento profesional de los adictos y menos a represión, que es una solución al final del tubo, es decir reactiva.
En Cali, a diferencia de Bogotá, las grandes ollas ubicadas en los barrio El Calvario, Sucre y San Pascual, tienen la particularidad de que “conviven” los habitantes de calle drogodependientes, con decenas de familias pobres o desplazadas, muchas de ellas de origen indígena, que viven en inquilinatos. Se supone que con el Plan de renovación urbana “Ciudad Paraíso”, la Empresa de Renovación Urbana EMRU está coordinando con otras entidades un plan para la reubicación de estas familias con subsidios de vivienda o arrendamiento. Sin embargo, nada se ha dicho frente a los centenares de adictos enfermos que viven en esa zona.
Esperamos que la Administración de la ciudad saque las mejores lecciones de todo lo que se ha visto esta semana en los noticieros y no termine promoviendo, cuando intervengan estos barrios, el desplazando del modelo urbano del microtrafico con sus cientos de enfermos adictos hacía barrios aledaños en el centro como El Obrero o San Bosco y se desperdicien recursos en medidas represivas o asistencialistas con demostrada ausencia de resultado.

