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Peripecias gastronómicas de un asalariado

Andrés Belalcázar, 10 December, 2011

Por Andrés Belalcázar
Crónica especial para Caliescribe

 

Ahora que estamos en la pelea por el ajuste del salario mínimo me pregunto cómo es que el sueldo alcanza para comer. El aumento en el salario mínimo de los colombianos va a llegar flaco, como la mayoría de los años y de los colombianos. El 2012 va a poner a prueba nuestra astucia y las estrategias para ahorrar y seguir comiendo no deben terminar en intoxicaciones o ulceras.

Llega la quincena y el empleado de a píe, ese millonario de los quinientos mil pesos, mira con orgullo, y sin pensar en las deudas, la billetera abultada de tarjetas… ohh triste inconsciente, decide darse un gusto y sacrifica dos almuerzos en uno. Atraído por eso que el cree es el restaurante del jefe. Pero dato curioso, no queda satisfecho. La triste certeza, tal vez aún inconsciente, de que esos 4 mil o 5 mil pesos de más le van a hacer falta, le agudizan el sentido del gusto y encuentra ese día los defectos del almuerzo que le son imperceptibles cuando el jefe le ha invitado.

Entre el 4% y el 8% está la puja de estas navidades, para el ajuste del salario mínimo. ¿En cuánto quedará el sueldo de los mínimos ciudadanos de este país? Ese regalito de navidad va a llegar flaco, como la mayoría de los años.

La gasolina más cará del mundo, la corrupción rampante, las generosas exenciones e incentivos a los patrones no generan empleo; el país crece y su barriga se encoje. Ya nadie se va a jubilar, todos moriremos a tiempo gracias al estado de la salud. Que ahora anda con guadaña.

Este año el salario mínimo fue de $535.600 con un Auxilio de transporte de $63.600 pesos, que un día fueron de oro. Afortunadamente un genio del gobierno declaró que sólo serían pobres quienes ganaran menos de 180 mil pesos, esa conclusión que quedó consignada en Plan Nacional de Desarrollo 2010 – 2014, nos ha salvado del desastre. Desde que estos prohombres de la patria acentaron su verdad sobre nuestros corazones, ya no somos pobres.

La dieta de los mínimos y la dieta de los maximos. 

A media cuadra de la gobernación, están tres restaurantes que trenzados en una guerra por el mercado de los “alcanzados” han llevado el precio del almuerzo a los $3.500 pesos. El ambiente grasoso, sucio, ruidoso espanta a quienes cargan consigo dos mil pesos de más. Pero atrae y asegura las sillas y las mesas de quienes aprietan la quincena y hacen matemáticas cada segundo con las monedas que les quedan en los bolsillos. El menú que siempre incluye dos sopas es de lo más variado. Frijoles o pasta, arroz, ensaladas, tajadas, sobre barriga, pescado, pollo… hay casas donde no se come tan bien; todo hay que decirlo.

Yo que soy un entusiasta del ahorro los visito con regularidad, pero prefiero comer en casa, a diferencia de quienes apretan los pesos cargando con viandas que se dejan oler en los rincones de las oficinas a las horas del zenith, yo siempre prefiero un almuerzo hecho a la militar, para comensales por cantidades ingentes.

Las mesas de manteles plasticos bordeando los andenes te ofrecen la oportunidad única de ser abordado cientos de veces por los transeuntes sin hogar que te miran con desprecio, te piden comida y te maldicen como si tuvieras mejor suerte, o cagaras plata. Desde que entendí que había un marcado masoquismo en tomar esas sillas que bordean la calle, me interno en los laberintos de aire grasoso y tomo asiento en el interior de la bestia. No me quejo de la comida a no ser que sea chuleta. La chuleta ha sido el mayor ejemplo de como las cosas se van quedando sin carne. Desde la carnicería les cortan sendas porciones, todas semi transparentes que van a servir como base a la mezcla de harina y huevos con que timan a los entusiastas del cerdo. No más chuleta para mí, señores. ¿Quién puede darte una buena chuleta con menos de cuatro mil pesos?

La Lonchera

Ana siempre traía al trabajo una de estas loncheritas termicas, una obra maestra de la ingeniería donde acomodados en sus compartimentos venian su arroz integral con nueces, sus tomates enanos, sus papitas amarillas al vapor, su carne vegetaríana. ¿A qué horas, dios de los cristianos, podría yo preparar todo aquello? ¿Cómo hacen y cómo les alcanza para las mazorquitas, para la latita de atún en aceite de olivo que llevan a diario al trabajo?

Respiro profundo para pensar en los días felices en que me han invitado, cómo no, a comer en estos restaurantes de a la vuelta donde todo supera los 7 mil pesos y no se incluye la sopa. A cualquier carne pasada por la parrilla la llaman churrasco. El único restaurante decente resulta ser de comida de már y bueno… 7500 pesos. Cómo para acabarse la quincena en una semana.

A dos cuadras de distancia están uno del otro. Las sillas plásticas son el común denominador y hasta allí llega la semejanza. Las delicias de Willy sirve comida de mar y recientemente le ha metido variedad a la carta, allí un plato no baja de $7.500 e incluye cocada. De ahí en más los platos pueden alcanzar los 50 mil pesos. Una chichigua por el delicioso sabor de la cocina del Pacífico.

EL POLLO A 1000

Bendito sea el dios de los asalariados que recorren desesperados y cebosos las calles del centro porque en su infinita sabiduria le ha dado al hombre la capacidad y el entendimiento necesarios para dar existencia en Cali a un producto que dio a los más que ganamos menos la posibilidad de disfrutar de la pechuga, el ala, el muslo y el contramuslo de la esperanza. El pollo a mil.

Y aunque el olor sea nauseabundo y la grasa envenene el ambiente y suba la temperatura en las interminables filas frente al aparador, nadie puede negarse el gusto, por complicado que sea, de saborear una jugosa y crocante presa del pollo de mil que adorna mis días, mis noches y mis almuerzos.

Yo lo compro frente a la academia de ballet, en el pasaje de las palomas caídas, entre la Plaza de Caicedo y el Parque de los Poetas; y mientras las finas artes sudan detrás de una puerta de vidrio, yo sudo delante del aparador donde se aglutina mi mayor fuente de proteina animal. Mi consuelo.

Yo los recuerdo, y existen aún los asaderos. Esos lugares odiosos donde un cuarto de pollo era inalcanzable para mi bolsillo remendado. Incluso se que hay quien compra en plazoletas atestadas de televisores pollos que triplican el precio de las presas que yo me apacho a diario como si fueran pandebonos, chitos, un mecato cualquiera. ¡Dios bendiga la carne blanca de los pobres!

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