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Cirujanos de plomo

Redaccion., 11 February, 2012

La puerta aún no se ha abierto y el tipo ya está al otro lado. Se desintegró en leptones y burló la madera. Cualquiera lo haría en su condición. La sangre no se detiene a pensar por cuál de los orificios salir

Hombro izquierdo, a poco de la axila.
Pierna derecha, entre rodilla y talón.
Abdomen, a 7 cm del ombligo.

Está jodido el hombre. Que uno esté por meterse la última bocanada de oxígeno y en semejante situación se detenga a comprobar si tiene bien amarrados los zapatos y se sorprenda en sandalias y caminado raro. Y, pues, uno con un tiro en la canilla no camina, cojea. Pero este tipo no cojea, serpentea. Camina con las piernas bronceadas de su primo gay. Pasa una cortina trazada con criptogramas muiscas y va a dar a una sala triangular, contenida por la sala principal y formada por más cortinas como la anterior. Ahí le aguarda alguien que podría estar esperándolo a él o podría estar esperando a cualquiera. Don Chiva. El cirujano de los que no tienen cara para ir a un hospital público.

Si uno llega subiendo pasa por la casa y no la encuentra, es idéntica a las otras. Clavada en la montaña como una estaca, vertical y de un blanco paisa del norte del Valle que se podría confundir con el cielo polucionado que se despliega sobre ella. La gente ha trastocado las direcciones para confundir a quien busque una casa y no sea de por ahí. Se le suman a las otras mañas la xenofobia y los accesos de desconfianza obsesiva.

Para hallar la casa, además de estar acompañado de alguien del barrio, se requiere llegar de bajada, ya que el diminuto letrero distintivo, mimetizado entre las hojas de un sándalo en el andén, ha sido dispuesto de tal forma que sólo se le pueda ver si se viene de arriba. La simetría entre calle, inclinación, número y ubicación de las hojas del árbol y predicción del ángulo visual del que sube es perfecta. Tan magnífico diseño, que oscila entre las depuradas técnicas de un geómetra superdotado y la casualidad pura, causan gran escozor en quien cree que una casa en estas condiciones, en un sector en estas condiciones, no la pudiera habitar alguien que se supiera las letras hasta la M o que hubiera sido instruido para el oficio más elemental.

A pesar de la pobreza metafórica entre venir bajando y venir agonizando, esta estrategia responde a razones menos simbólicas. Cuando alguien llega al lugar viene huyendo, generalmente de la policía o de repartidores de plomo. Ahora, la calle que pasa por ahí es de una sola vía, subiendo. En teoría la policía nunca violaría una norma de supervivencia tan evidente, la de bajar en contravía por una calle donde escasamente cabe un carro; si otro viniese subiendo sería muerte segura. Por lo tanto, desde el carro que sube no se podría divisar la imperceptible seña que distingue el lugar, menos si el carro viene tras algo tan veloz como una moto de alto cilindraje. A un dieciseisavo de la velocidad del sonido no se es muy minucioso con los detalles del camino, por lo cual el lugar pasa desapercibido. Sólo se podría ver bajando y sólo se podría bajar en moto o a pie. Valga aclarar que un policía evitaría pasar por allí caminando. En consecuencia, el único que la podría ubicar es el que viene huyendo, que es el mismo que algo ha hecho, que algo le han cobrado y que se ve imposibilitado de los hospitales por la misma naturaleza de sus actos.

Chiva no dice nada. Lo hace pasar a través de una cortina que no se podría ver si no es porque alguien se metió por ahí y se pasa a un lugar que le hace dudar a uno de la hora del día. Chiva cierra los ojos al tipo con el dedo meñique y éste los conserva así.

– ¿Qué hiciste?
– Nada.
– ¿Nada?
– Nada.
– Bien, está bien.
– …
– Pero te estás muriendo por nada.
– Pues sí.
– Anda gente muy rara allá afuera, ¿no?
– ¿Por qué?
– Porque le andan disparando a la gente sin razón.
– Pues sí.
– ¿Te están persiguiendo?
– No sé, no.
– ¿Por qué llegaste corriendo entonces?
– Me estaba saliendo mucha sangre.
– Buena respuesta.
– …
– …
– No abrás los ojos.
– ¿Por qué?
– Porque te tiene que doler.
– ¿Y si los abro no duele?
– No tanto.
– ¿Y por qué me tiene que doler?
–  Porque si no te duele no puedo cobrar.

La operación se hace en un cubículo que se oculta entre la complicada sucesión de cortinas y paredes falsas de un lugar que parece hecho de tela. Uno nunca se entera cómo llega a ese lugar inexistente extraviado entre cobijas azulejas y cortinas. El tipo gimotea aún antes de que Chiva lo toque. Extracción, desinfección y sutura se hacen con la solemnidad de un sacrificio bíblico, ofreciendo la bala desempotrada del hombro a un dios pagano que cuelga del techo invertido, enterrándole su único ojo a quien lo mire. Chiva pone su dedo sabio en el vientre del tipo y éste se dobla al momento, seco y con una mueca llena de dientes.

La camilla es el mismo escritorio al que se le adaptan almohadillas, sábana e implementos extraños para un periodista charlatán. La sangre empieza a caer y el tipo se mira las manos horrorizado, pide que no lo dejen morir. Sangre por todos lados, sin duda, la parte menos interesante del espectáculo. Chiva frota algún aceite dentro de la herida, lo hace con placer y morbo; con la omnipotencia de un oso polar. El verde claro de las sábanas de los hospitales aquí es un rosado veteado de rojo que parece ser inmune a manchas de todo tipo. El tipo continúa mirando sus manos y se puede pensar que el dolor le viene de un lugar diferente al vientre. Parece que al tipo le fallaron todos los planes hoy, le zamparon 3 totes y ahora se mira las manos, con la cara que pone uno cuando se resbala y se va de jeta a la tarima en una izada de bandera. Se mira esas piernas que lo decepcionaron, que no se movieron suficientemente rápido, se las toca con esas manos que han matado. Tal vez esa vergüenza no la pueda curar Chiva, así pueda evitar cosas menos graves, como la muerte.

Chiva termina con el abdomen y bota algunas gazas a un cesto cónico que se aguanta de la nada. Pasa al hombro. El tipo se desgarra la garganta con un grito de desmembrado que se sostiene en espiral durante algún tiempo por todo el recinto. Chiva se detiene y escucha algo en el algún lado. El tipo está casi inconsciente y las maniobras de Chiva dejaron de afectarlo hace mucho. Todo se hizo sin anestesia. Chiva dice que van a venir y que hay que sacar al tipo rápido. No puede hacer nada más. Tal vez muera en su casa.

Chiva sale a un cuarto adyacente. Dos hombres que tal vez siempre estuvieron ahí se llevan al tipo sin mucho cuidado. El recinto se mantuvo a media luz pero ahora se ilumina al accionar un botón que está sobre la primera pared de ladrillo que veo. Chiva se pierde entre las cortinas. Salir será complicado. Todo terminó. Al salir hay que subir unos cuantos metros para poder ver bien el letrero que anuncia el lugar. Desde 20 metros se ve si uno sabe mirar.

Se cierran llagas, se sana el alma, se cambia el futuro y si no le duele no paga

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