Vida Nueva
Por Héctor De los Ríos L..
En el querer de Dios las bodas han tenido un significado religioso. No solamente consagran a Dios el amor humano entre el hombre y la mujer, sino que sirven de lenguaje para expresar el amor de Dios por su pueblo, relación que implica alianza, fidelidad y fecundidad.
Cristo, una vez señalado como el Cordero de Dios por Juan Bautista, en compañía de sus cinco primeros discípulos y de María, la madre, va a Caná, localidad cercana a Nazaret. Nos llena de gozo contemplar al Hijo de Dios que toma parte en algo tan humano como una boda. Ha asumido en su acontecimiento de salvación la vida concreta del hombre. Pero su presencia allí se hace muy significativa. Va más allá del simple compartir la felicidad de un par de jóvenes esposos. En ella va a revelar el mundo nuevo que él inaugura.
La narración del evangelio de este domingo es dramática: San Juan 2, 1-11. Una vez señalado en contexto del acontecimiento: la boda, los invitados: Jesús, María, los discípulos, el lugar: Caná de Galilea, tropezamos con una circunstancia enojosa: en medio de la celebración falta el vino. En ese momento se mezclan lo humano y lo divino. Por una parte la incomodidad de los novios frente a los invitados y la urgencia de aportar una solución. Por otra parte, lo divino: la intervención de Jesús que va más allá del simple hecho de aportar solución a un problema doméstico. María realiza su papel de intercesión ante Jesús: “No tienen vino”… Y luego dice a los sirvientes: “HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA”. Y el agua se convirtió en el mejor vino… En cada Eucaristía podemos decir. “guardaste el mejor vino hasta ahora”.