Vida nueva
Héctor de los Ríos l.
Pedro y otros discípulos del Señor deciden volver su trabajo, después de lo acontecido con el maestro en Jerusalén. Ya en el mar echan las redes y no logran ningún resultado en toda la noche. Es ahí cuando Jesús se les aparece y los invita a lanzar la red a la derecha; entonces ocurre la pesca milagrosa.
A menudo vivimos en la noche oscura, donde no está Jesús, y trabajamos sin obtener frutos. Ante el temor y la incertidumbre, por la falta de luz, es cuando necesitamos más la presencia del maestro para poder realizar nuestras actividades en su nombre y bajo sus indicaciones. Si logramos escuchar su voz amiga, nos alejaremos del orgullo y la autosuficiencia, y podremos dar frutos abundantes.
Juan reconoce a Jesús en la playa y le dice a Pedro: “¡ES EL SEÑOR!”. Juan ve con su corazón, mientras Pedro solo piensa en el éxito de su labor. Los afanes de este mundo y los esfuerzos por lo inmediato nos impiden descubrir que Cristo resucitado está a nuestro lado; lo pensamos demasiado lejano, muy distante de la realidad y nuestras necesidades.
Como a Pedro, Jesús hoy nos pregunta si lo amamos, y debemos responder con mucha sinceridad que nuestro amor a él no puede ser solo de labios para afuera, sino que debe brotar del corazón, debe ser duradero y concientizarse en el servicio a los hermanos.
La presencia y la indicación de Jesús son necesarias para que nuestro trabajo sea fecundo. Él está presente entre nosotros como un amigo que colabora con los suyos y que se pone a su servicio para dar vida y fecundidad a nuestros esfuerzos.