Nicolás Ramos Gómez
Ya es evidente, ante el cambio climático (que muchos quieren ignorar) y la explosión demográfica, la preocupación a nivel mundial por el agua dulce o sea la apta para el consumo humano, agrícola e industrial y factor crítico para la supervivencia de todos los organismos vivos en la Tierra. A pesar que los océanos ocupan el 71% de la superficie del Planeta, el agua dulce que comprenden los flujos de agua corriente y la subterránea que fluye en las rocas y en los acuíferos no está distribuida uniforme.
Sólo entre el 2,5% y 2,75 % del agua del Planeta es agua dulce incluyendo glaciares, hielo, nieve y el agua subterránea y solo el 0,01% es la superficial de lagos, pantanos y ríos. Estas cifras indican la necesidad urgente de su cuidado y conservación en nuestra región.
Colombia tiene el privilegio, por su posición en la zona de interconvergencia tropical o sea en donde donde convergen los vientos alisios del hemisferio norte con los del hemisferio sur y lo cual origina su alto volumen de lluvias. Ello origina dos periodos de lluvias y dos periodos secos, ello a su vez obliga a la imperiosa necesidad de embalsar los excesos en los periodos de lluvia para tener un suministro adecuado en los periodos secos.
En 1990 la CVC cuando era la agencia para el desarrollo integral de la cuenca alta del Río Cauca (Departamentos de Caldas, Valle y Cauca, creada por los vallecaucanos con los recursos del 4/mil de sobretasa al impuesto predial), adelantó un cuidadoso estudio sobre el comportamiento del agua titulado “Plan del Agua”. De él se desprende la necesidad, comprobada por lo que ha venido ocurriendo, de construir una serie de embalses y trasvases para garantizar su suministro durante los periodos secos a la parte plana de su cuenca y parte del piedemonte.
Tristemente ese Plan del Agua, vital para la región, ha dormido en los estantes y lo más grave, como la mayoría de nuestros estudios, sin dolientes. El tiempo apremia cuando según las predicciones sobre el comportamiento del clima vendrán, con el cambio climático, periodos lluviosos y secos más agudos.
Cualquiera de las obras allí estudiadas, todas hoy prioritarias, tomará por lo menos 10 años para su ejecución. Lo que pasará con el agua nos hace recordar nuevamente la fábula de La Fontaine sobre la cigarra y la hormiga y ojalá en el próximo y los siguientes periodos secos, no nos lamentemos de no haber sido tan previsivos como la laboriosa hormiga.
