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Dar la vida por los amigos

Héctor de los Ríos, 8 May, 2021
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

6º Domingo de Pascua

Todavía estamos celebrando los 50 días de Pascua, días de gozo y paz porque hemos sido redimidos en Cristo Jesús. Según vimos el Domingo pasado, la comunión vital del discípulo con Cristo, para ser fecunda requiere la permanencia en Jesús. Vivir la Pascua es hacer la experiencia de Cristo resucitado en nuestra vida diaria, en lo ordinario de ella, y en los momentos intensos de encuentro con el Señor por medio de la oración y los sacramentos. Es necesario que Cristo viva en nosotros su vida resucitada. El no quiere ser un pasajero ni un transeúnte en nuestra vida. Quiere permanecer en todos los que llevamos el nombre de cristianos. Nos lo repite con insistencia.

Nos encontramos en el inicio de los últimos quince días de la Cincuentena. Puede ser un buen momento para revisar el cómo se ha mantenido pedagógicamente la unidad de este tiempo y, en cualquier caso, para acentuar que estamos celebrando la Pascua como unidad festiva. Bueno será tener en cuenta esto para evitar el hablar de una «preparación» para la fiesta de Pentecostés, como si ésta fuera una fiesta aparte de la Cincuentena. Ello no quita, sin embargo, que -como lo hacen los textos litúrgicos- se acentúe ahora especialmente la referencia al Don del Espíritu Santo como culminación del misterio pascual y de su celebración.

LECTURAS:

Hechos de los Apóstoles 10, 25-26.34.35.44-48: «Está claro que Dios no hace distinciones»

Salmo : «El Señor revela a las naciones su justicia»

1carta de san Juan 4, 7-10: «Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios»

San Juan 15, 9-17: «Permanezcan en mi amor»

El rostro de Dios

Al contemplar esta Palabra de Dios, que nos ha puesto frente al misterio del Amor, recordamos la anécdota que se cuenta de la Madre Teresa de Calcuta, cuando cuidando con sumo cariño a un moribundo que había sacado de un estercolero, éste le dijo: «Madre, yo no soy creyente. Nunca lo he sido. Pero si Dios existe, debe tener su rostro».

Esto mismo es lo que nosotros deberíamos intentar: que quien nos oyera hablar y nos viera actuar descubriera en nosotros el rostro de Jesús, el signo de su amor. Pidámosle al Señor que nosotros hagamos presente su rostro por el modo como practicamos el amor y tratamos a cada uno con dignidad. A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.

Ojalá las soluciones que nuestro mundo busca para la convivencia, la solidaridad y la paz, para la lucha contra toda injusticia y toda violencia, tengan como fundamento la gracia pascual de la reconciliación y de la búsqueda incesante de construir el mundo nuevo que nos trae Jesucristo resucitado.

La alegría de vivir

El que se adentre por el camino de Jesús y se decida a seguir el estilo de su vida descubrirá que sólo el amor hace que la vida merezca la pena ser vivida y que sólo desde el verdadero amor es posible experimentar la gran alegría de vivir. Si cumplimos esta norma de convivencia que nos ofrece Jesús, estaremos construyendo el mejor delos mundos, que ningún programa político ni social podrá igualar.

El Señor Jesús manifiesta que su obediencia al Padre y su permanencia en el amor del Padre por medio de esta amorosa obediencia, son para Él la fuente de una alegría y gozo infinito. El anhelo y deseo de que también sus discípulos experimenten ese mismo gozo lo impulsa a revelarles la fuente de la felicidad humana, dónde hallarla y cómo alcanzarla: la alegría en plenitud, la anhelada felicidad, la encuentra el ser humano en la permanencia en el amor del Señor, por medio de la obediencia a Él. Lo que es causa de plena alegría para el Hijo, es también causa de alegría suprema para los discípulos, quienes por su adhesión y permanencia en el Hijo entran a participar de aquella misma comunión de amor que el Hijo vive con el Padre y es la fuente de su gozo pleno. El secreto del amor y de la paz en el mundo, de la felicidad y la realización, del sentido total de la vida está en ese permanecer en Cristo, sin límite de tiempo, recibiendo la gracia pascual de la vida divina. Es lo que nos depara la Pascua. Ojalá las soluciones que nuestro mundo busca para la convivencia, la solidaridad y la paz, para la lucha contra toda injusticia y toda violencia, tengan como fundamento la gracia pascual de la reconciliación y de la búsqueda incesante de construir el mundo nuevo que nos trae Jesucristo resucitado.

Es necesario que Cristo viva en nosotros su vida resucitada. El no quiere ser un pasajero ni un transeúnte en nuestra vida. Quiere permanecer en todos los que llevamos el nombre de cristianos. Nos lo repite con insistencia. ¿Cómo realizar este ideal de la vida cristiana?

Contemplemos con San Basilio Magno:

Un Padre de la Iglesia nos ayuda a interiorizar el Evangelio, para orar y vivir la Palabra que hemos escuchado y meditado:

«El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección» (San Basilio Magno).

Relación con la Eucaristía

La celebración de la Cena del Señor no es un rito, es la inmolación de Cristo-Hermano como acontecimiento de fraternidad y don del Padre. Jesús se hace fraternidad y realiza la fraternidad entre nosotros. Quienes celebramos la Eucaristía asumimos el compromiso de amarnos como hermanos, aceptando la diversidad legítima, no imponiendo uniformidad, y dando así testimonio del amor de Dios que nos une.- Necesitamos trabajar y de orar para que la mesa eucarística pueda reunir un día a todos los bautizados en Cristo, para dar una visibilidad clara de la única Iglesia de Cristo, «para que el mundo crea»

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