P. Héctor De los Ríos L.
Vida nueva
Domingo 23 de tiempo ordinario
Evangelio: san Marcos 7,31-37: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”
En el evangelio de hoy, Jesús cura a un sordo que tartamudeaba.
Este episodio es poco conocido. En el episodio de la mujer cananea, Jesús supera las fronteras del territorio nacional y acoge a una mujer extranjera que no era del Pueblo y con quien estaba prohibido conversar. Esa misma apertura sigue en el evangelio de hoy : Un sordomudo es llevado a Jesús Le trajeron un sordo que además apenas podía hablar.
Ese personaje encarna la miseria de todo hombre. Jesús ha venido para él. Los que lo llevan a Jesús confiesan su debilidad e incapacidad. Se trata de una persona que no puede comunicarse con los otros. Es la imagen de muchas personas que hoy viven masificadas en las grandes ciudades en completa soledad, sin la posibilidad de comunicación.
El relato de Marcos es una réplica al de Is. 35, 4-7. Si al Pueblo en el Exilio se le promete la salvación, … vemos que esta salvación se realiza ahora con la curación del sordomudo en un país pagano. De este modo, el gesto de Cristo se convierte en juicio para los mismos israelitas que lo escuchan y lo ven, y no quieren aceptar su palabra o comprender sus signos.
El resultado de la curación
En el mismo instante, los oídos del sordo se abrieron, la lengua se soltó y el hombre comenzó a hablar correctamente. ¡Jesús desea que el Pueblo abra los oídos y suelte la lengua! ¡También hoy! En muchos lugares, a causa del comportamiento del poder religioso, el Pueblo está callado y no habla. Es muy importante que el Pueblo pueda recuperar la palabra dentro de la Iglesia para poder expresar su experiencia de Dios … y así enriquecerse todos, incluso los dirigentes religiosos.
Dios poderoso y justo, que enviaste al mundo a tu Hijo para dar vista a los ciegos y oído a los sordos; para liberar a los pobres de la opresión y sacar de la cárcel a los presos. – Tú que conoces nuestras esclavitudes e injusticias abre nuestros oídos para escuchar tu Palabra, y danos tu luz para que comprendamos nuestra misión liberadora en el mundo. Amén.
Conciencia de nuestra necesidad
Vivimos un mundo marcado por la pobreza. Es una tragedia que se nos puede quedar en la fría presentación de las estadísticas. Tenemos que empezar por mirar hacia el interior de nosotros mismos. Si carecemos de compasión cristiana somos víctimas de una ceguera que nos impide ver la realidad, estamos aquejados de una sordera que no nos deja escuchar el clamor de los que padecen.
Necesitamos el contacto con Cristo misericordioso, que nos lleve aparte, que unja nuestra mirada, que hable a nuestro corazón, que sane nuestra dureza. Se siente, en el ambiente que vivimos, el cuestionamiento no sólo de la misericordia de Dios eficaz sino también de su misma existencia. Hay allí una ceguera que el contacto con la realidad viva del misterio de Cristo debe sanar
