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Desterrar a los violentos del fútbol, desafío para los nuevos alcaldes

Archiva, 28 September, 2019

El fantasma de la violencia en el fútbol volvió a asustar hace menos de una semana en Colombia. La imagen del jugador de Millonarios Macalister Silva mostrando la navaja que cayó junto a él y sus compañeros, cuando celebraban el gol con el que le ganaron al Medellín en el Atanasio Girardot, captada por un fotógrafo, le mostró al país todo lo que falta para ganarles el partido a los desadaptados.

El responsable, de 19 años, fue identificado gracias a las cámaras de seguridad, capturado días después en la comuna 13 de esa ciudad y, finalmente, dejado en libertad. Sigue bajo investigación, pero la Fiscalía descartó procesarlo por intento de homicidio.

El Medellín fue sancionado por la Dimayor con 6,5 millones de pesos y dos fechas sin público en la tribuna norte baja.

El hecho ocurrió apenas una semana después de que una barra brava del mismo equipo, Los Chatarrerox, atacó con cuchillos y machetes a otros hinchas del Medellín en los alrededores del estadio, poco antes del clásico con Nacional.

Los registros de la Dimayor y de la mayoría de alcaldías muestran una caída en los registros de la violencia en los estadios.

En Bogotá, por ejemplo, las autoridades dicen que este año van seis riñas y ningún herido por arma blanca, mientras que el año pasado hubo 12 grescas y 3 heridos con navajas adentro de El Campín. Este año aumentaron los comparendos por porte de armas (de 3 a 31 casos) y también por tratar de ingresar sustancias psicoactivas (de 17 a 50).

Y en Medellín, las autoridades admiten que fallaron los controles para detectar la navaja, pero destacan que fue gracias a sus cámaras de seguridad que se logró identificar al agresor.

Según la Dimayor, la sanción al Medellín es la primera que se impone en la actual Liga. En la del primer semestre hubo cinco sanciones de suspensión parcial de la plaza (tribunas) por mal comportamiento de los hinchas. En la Liga II del 2018, tres escenarios fueron castigados.

A pesar de que hoy se ejercen mayores controles para el acceso, medidas de fondo como las que sirvieron para meter en cintura a las barras bravas más violentas del mundo –las de Argentina e Inglaterra– aquí siguen en veremos. Eso pasó con la carnetización de hinchas en el fútbol colombiano, anunciada en 2017 con bombos y platillos como la gran fórmula para expulsar de los estadios a los violentos.

La Dimayor logró enrolar en 4 ciudades a 243.466 espectadores que pagaron 12.000 pesos por carné. En teoría, ese documento debería servir para detectar a los hinchas violentos con ayuda de la tecnología –cámaras biométricas y huella electrónica cotejable con las bases de datos de la Registraduría– y así individualizarlos y sancionarlos.

Falta la mitad del proyecto

Esta es la explicación que ha dado el presidente de la Dimayor, Jorge Enrique Vélez: “Falta la mitad del proyecto, porque los municipios nunca pusieron los lectores de identificación. Nosotros cumplimos, los carnés se hicieron, pero las administraciones y el Gobierno no (…). No voy a culpar a nadie; los municipios no tienen plata para eso, y los estadios, a excepción del de Cali, son de los municipios”.

Las cámaras de identificación facial también quedaron como tarea pendiente para los próximos alcaldes. El Ministerio del Interior, que coordina a autoridades públicas y a las del fútbol en esta materia, le dijo a EL TIEMPO que “el Gobierno nacional ha tratado de organizar y apoyar estas propuestas, pero no se ha alcanzado un consenso” sobre quién debe asumir los costos.

La idea es convocar a los nuevos mandatarios para que “aseguren en sus planes de gobierno la financiación de los programas que ayuden a mejorar la seguridad y convivencia tanto dentro como fuera de los estadios”. Sin embargo, nada garantiza que no se repita la historia y que los controles biométricos terminen de nuevo embolatados.

Si mantener a raya a los violentos en las tribunas sigue siendo un desafío, controlarlos afuera de los estadios y en las vías implica un despliegue policial comparable a los de las grandes operaciones contra el crimen.

Tan solo en Bogotá, que lleva años apostándole a los programas de convivencia con los barristas, a través del Instituto Distrital de la Participación y la Acción Comunal (Idpac), hubo el año pasado 3.563 incidentes violentos; fueron 4.770 menos que en 2015. Y no se trata solo de controlar a las barras bravas locales, sino a las que llegan con la visita.

La imagen de varios vándalos que llevaban camisetas de Millonarios y que atacaron a patadas a una hincha del Unión en Santa Marta, en junio pasado, después de vandalizar varias cuadras de la ciudad, es apenas uno entre decenas de ejemplos. En Barrancabermeja hay dos barras bravas de Millonarios con matrícula condicional permanente, tras el asesinato de una persona en abril de 2017. Y en Manizales, las barras de ese equipo y las de Santa Fe tienen prohibida la entrada a la ciudad (cierre de fronteras).

El director de la Policía de Carreteras, general Carlos Ernesto Rodríguez, asegura que los traslados entre las ciudades han obligado a crear un protocolo coordinado con las policías locales y metropolitanas. Así, cada 20 o 25 kilómetros aparecen los llamados cuadrantes viales, uniformados en motocicletas que acompañan las caravanas hasta el siguiente relevo.

En los peajes, la Policía tiene que estar atenta porque ha habido casos de intentos de robo y ataques a la infraestructura. Y pasa lo mismo cuando paran a comer en algún sitio, porque ante 100 o 200 hinchas, muchos de ellos bajo efectos del alcohol y otras sustancias, pocos empleados de los paradores se atreven a reclamar por la comida no pagada o por el robo de mercancías.

Las requisas de los buses son frecuentes, pero, dice el general, muchas veces hay que pedir apoyo del Esmad. Y otra cara de la misión es proteger los buses en los que vienen los hinchas de los equipos visitantes de las barras bravas locales, que les salen al paso para atacarlos a piedra.

Trabajo con barras en Cali

En la capital del Valle del Cauca, donde en junio fue sancionado el estadio por mal comportamiento de los hinchas del América –invadieron la cancha en un partido contra el Pasto–, las autoridades reportan que este año han logrado una mejor convivencia entre las hinchadas de los equipos de la ciudad.

“Sabemos que somos estigmatizados por la violencia, por las líneas invisibles. Como colectivo juvenil trabajamos por la comunidad, en especial por los pibes del barrio, para que tengan más oportunidades”, dijo Emanuel Paz, de la barra Barón Rojo, del América.

En los últimos cuatro años, en el gobierno de Maurice Armitage, se volvió a dar un acercamiento con las barras del Frente Radical Verdiblanco, del Cali, y Barón Rojo Sur, del América.

“Todo este año se realizan talleres de habilidades socioemocionales, son 12 encuentros pedagógicos con diferentes comunidades que apuntan a mejorar e incidir en la cultura ciudadana de las personas y la construcción de paz territorial”, señaló Juan José Quintero, líder del equipo de culturas ciudadanas de la Secretaría de Paz.

Mesa por la convivencia en Medellín

Simultáneamente a las acciones de seguridad, la alcaldía de Medellín realiza actividades de pedagogía con las barras, las cuales “han sido exitosas”. Y para noviembre próximo se tiene programada una jornada de desarme, en la que participarán barras del Independiente Medellín y el Atlético Nacional.

Pero, además, se creó la Mesa Pedagógica y de Convivencia en el Fútbol, conformada por representantes de las barras populares y organizadas, academia, dependencias de la administración municipal y organizaciones barriales y comunales aledañas al sector del estadio Atanasio Girardot.

Esta mesa tiene cuatro focos: la formación en liderazgo, música y arte de los jóvenes de las barras, con el fin de que se empoderen en los territorios y el estadio, y para quitar el estigma; el componente territorial, que incluye intervenciones en parques, jardines, barrios e instituciones educativas, para promover la convivencia; la construcción de memoria sobre la violencia en el fútbol, que ha dejado muchas víctimas en la ciudad, y la generación de confianza ciudadana, que se basa en el trabajo articulado entre policías y barristas.

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